Deseos

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    –Papá, quiero una batería.

    –Carlos, ¿por qué quieres ahora una batería? –Roberto soltó su cuchara suavemente para volverse hacia su hijo, para después posarla en su mujer, que lo observaba con ojos como platos–. No es algo que necesites urgentemente. 

Carlos se quedó  contemplando su plato medio vacío.

    –Es que hoy en clase de música hemos estudiado los instrumentos de percusión y estaba la batería y Javi ha dicho que su padre le compró una hace tiempo y que está muy guay tocarla y va andando por ahí diciendo lo que mola y lo mayor que es. Yo también quiero una para ser tan guay como Javi…

Los padres se miraron sin saber muy bien qué decir. Juana dejó la cuchara a un lado y posó su mano sobre el brazo de su hijo y le acarició suavemente de arriba abajo.

    –Cariño, porque Javi haya dicho que quiere una batería no significa que tú también debas tenerla. No podemos comprarte una batería ahora mismo.

    –¡Pues yo quiero una batería! A Javi siempre le dan todo lo que quiere, yo también quiero.

Los padres se miraron con impotencia en el rostro. Se quedaron en silencio intentado buscar algo que decirle, pero cuando se ponía así de cabezota, no había manera de hacerle cambiar de opinión, tan sólo quedaba esperar a que a que se le pasara la rabieta. Antes de que comenzaran a recoger la mesa, Carlos ya se había ido a su cuarto enfurruñado, con cara larga.

    –¿Y si…?

    –No Roberto, ni lo pienses. No podemos permitirnos semejante gasto. ¿Tú sabes lo que cuesta una batería? Muchísimo dinero y no estamos para derrochar.

    –Vamos cariño, le hace mucha ilusión y quizá así se centre en algo que le guste. Estaría entretenido y aprendería algo de música.

    –Que no Roberto. No voy a ceder en eso. Que ahora se le haya metido entre ceja y ceja tener una batería porque un compañero de clase tenga una pues no me parece. Si ahora le diéramos una batería, más adelante qué sería, ¿una bici nueva? ¿Un portátil? ¿Un nuevo videojuego?

    –Si tienes razón, mi amor, pero me haría tanta ilusión verle feliz…

    –Puede ser feliz sin tener una batería. Además, no estamos en condiciones de gastar dinero tontamente. Con la crisis que está cayendo hoy día, hay que apretarse más aún el cinturón. Este mes estamos apurados con los gastos.

    –Ya, ya… Deja este tema turbio, olvídate de eso ahora que no es importante.

    –¿Que no es importante? Estamos hasta arriba, trabajamos como mulos para luego estar a fin de mes con la soga al cuello.

Roberto la cogió por la cintura y tras callarla con un sonoro beso le posó ambas manos sobre sus mejillas, le miró fijamente y sonrió.

    –Vamos a ver la tele y a pensar en otras cosas. Ahora no es momento de estas cosas.

    –De acuerdo, nada de preocupaciones por hoy –sonrió ampliamente y le pasó los brazos por detrás del cuello para posar sus labios sobre los de él con suavidad. Tras dedicarse una tierna mirada de complicidad, se dirigieron al salón y tras sentarse en el sillón bien apretados, encendieron la tele. Carlos asomó poco a poco tras el marco de la puerta, se quedó mirando a sus padres con algo de recelo, dudando si entrar o no. Entró lentamente en el salón y se puso frente a ellos arrastrando los pies con las manos tras la espalda y la cabeza gacha. Sus padres se volvieron hacia él, quitándole el sonido completamente a la tele para centrar toda su atención en su hijo que se balanceaba de atrás hacia adelante.

    –Mamá, papá…quiero pediros perdón por lo que dije antes…

Ambos se miraron algo sorprendidos durante unos breves segundos para luego transformarla en amor incondicional.

    –No te preocupes cielo, no pasa nada –su madre le sonrió ampliamente.

    –Es que Javi siempre está hablando de todas las cosas que le compra sus padres y lo guay que es tocar la batería y tener esto y lo otro… Me enfada que él diga que…

    –Anda, déjalo ya –le interrumpió Roberto con una sonrisa–. Ven aquí.

No hizo falta decir más para que Carlos saltara al sofá y se colocara entre ambos, se acurrucó entre ellos y apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre. Se quedó dormido enseguida.

 

Varios meses después, el invierno llegó. Hacía tanto frío que parecía el Polo Norte. Carlos andaba por la acera saltando entre la nieve. Los guantes eran algo más grandes que sus manos, intentaba que no se le cayeran al caminar pero con los saltos era casi imposible sostenerlos. Su cara quedaba cubierta por el gorro de lana que caía sobre sus cejas y la bufanda se enroscaba en su cuello tapándole la boca. Tras las gruesas capas que lo cubrían, una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. Últimamente había escuchado muy a menudo hablar a sus padres sobre el dinero y de tener que abrocharse el cinturón, que tenían que medir más los gastos y cosas por el estilo que no llegaba a entender del todo. Pero ese día era un día especial: era su cumpleaños. Y siempre, a pesar de los problemas, sus padres conseguían hacerle un gran regalo acompañado por una tarta de chocolate y un gran vaso de coca-cola.

            El nerviosismo se palpaba en todo su ser cuando giraba el picaporte de la puerta de entrada y pasaba al interior. Todo estaba a oscuras y no se escuchaba nada. Frunció el ceño mientras empezaba a quitarse la ropa de abrigo dejándola tirada en el suelo de la entrada. Se adentró en el pasillo llamando a sus padres. Una inquietud comenzó a apoderarse de él, no entendía nada de lo que estaba pasando. Miró en el cuarto de sus padres, en el suyo, en el salón y no había señal de movimiento por ningún lado. Una opresión comenzó a apoderarse de su pecho, le costaba respirar y la cabeza le dolía. Todo aquel silencio en la casa no le gustaba, le hacía sentirse mal. De repente, escuchó un ruido como de arrastrar de sillas y un leve murmullo. Volvió a llamar a sus padres con un leve temblor de voz, pero sólo le respondió el frio silencio de las paredes. Empezaba a agobiarse, a sentirse mal. Anduvo un tiempo más hasta llegar a la cocina, de donde parecía que había salido el ruido. Entró sigilosamente y palpó la pared en busca de la luz. Antes de conseguir encenderla, una sombra apareció ante él. No pudo contener un grito y taparse la cabeza con ambas manos. Entonces, su madre encendió la luz y su padre apareció tras ella con una tarta de chocolate cubierta de velas encendidas cantando cumpleaños feliz. Una sonrisa le iluminó el rostro y tras apagar las velas, corrió hacia sus padres para abrazarlos con fuerza.

    –¡Felicidades cariño! –Su  madre se puso a su altura para colmarlo de besos. Después lo cogió de la mano y le ofreció una silla para que se sentara. Sus padres se sentaron frente a él y empezaron a comerse la deliciosa tarta de chocolate que hacía siempre su madre para aquella ocasión especial.

Hablaron durante largo rato, riendo y contándose anécdotas del día. A Carlos ya no le importaba si había regalo o no, aquella sorpresa y estar con sus padres era suficiente regalo de cumpleaños; entonces, sus padres se volvieron hacia él cuando ya se había terminado el tercer trozo de tarta.

    –¿Sabes, Carlos? –Comenzó su madre mirándole con una amplia sonrisa–. Esta mañana tu padre y yo hemos estado hablando sobre tu regalo y no hemos podido comprarte nada porque no sabíamos qué querías este año, así que como llevabas tiempo pidiéndola hemos hecho todo lo posible porque tengas algo parecido a lo que pedías.

Carlos los miraba sin comprender nada, no sabía a qué se estaban refiriendo, pero la curiosidad comenzó a apoderarse de él y el nerviosismo por saber cuál era ese regalo se instaló en la base de su estómago, haciéndole sentir un agradable cosquilleo que se extendía de pies a cabeza. Sin decir nada más sus padres le cogieron cada uno de una mano y lo llevaron hasta el salón. Detrás del sofá había un bulto tapado con sábanas en el que no había reparado hasta ese instante. Se quedó delante de él sin saber qué hacer, petrificado por los nervios y la intriga. Se retorcía sus pequeñas manos a la vez que pasaba la vista del bulto a sus padres. A una señal de su padre, corrió hacia la sábana y tiró de ella con toda la fuerza que pudo. Los ojos se le abrieron como platos al descubrir que sus padres habían hecho una batería improvisada para él hecha con botes de plástico que se habían gastado como botes de lejía, botellas, tapas de cacerolas y demás utensilios que servían perfectamente para golpear y hacer ruido sin parar. Se volvió hacia sus padres y corrió hacia ellos para abrazarles con fuerza.

    –Sabemos que no es la batería que querías, pero…

   –Papá, mamá, ¡es la mejor batería del mundo! –Los padres se miraron algo sorprendidos por aquella reacción, pensaban que Carlos se enfadaría si no tenía una batería de las buenas, pero parecía estar bastante contento con aquellos arreglos que habían hecho durante meses para que tuviera su propia batería sin gastar el dineral que suponía comprar una de verdad.

    –¿De verdad te gusta? –Juana no parecía creer que realmente estuviera tan ilusionado.

    –¡Es la mejor batería del mundo!

    –Nos alegramos de que te guste. Y ahora, toma –de uno de los bolsillos de atrás de su pantalón, sacó dos baquetas de madera que Carlos cogió rápidamente para dirigirse hacia su nueva batería.

    –Ya verás mañana cuando vaya al cole y le cuente a mis amigos que tengo una batería que nadie más puede comprar. ¡Se van a quedar alucinados! Y Javi verá que tengo a los mejores padres del mundo.

Juana y Roberto se miraron algo sorprendidos pero complacidos a la vez. Se dieron un tierno beso y tras sentarse juntos en el sofá, contemplaban a su hijo aporrear con fuerza los botes vacíos de la limpieza.

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