Desliz

gatoconchubas

 

La sombra de la nube negra se proyectaba sobre el asfalto, dando un aspecto lúgubre a lo largo de Gran Vía. Aquella mañana no pensaste en que pudiera llover, el sol resplandecía por tu ventana; pero al salir de casa tras comer algo, la inmensa nube se había cernido sobre toda la ciudad, amenazando con descargar grandes cantidades de agua. A pesar de no llevar paraguas y sentir ese zumbido en tus oídos que pronosticaba que algo iba a ir mal, seguiste tu camino hacia el metro, dirección Gran Vía. Ya decía tu madre que siempre debías hacer caso a tu sexto sentido, pero aquel día decidiste no hacerle caso. Te habías propuesto dar una vuelta aquella tarde para no pensar en el fastidioso papeleo que te esperaba en casa tras tu regreso, esos papeles que te observarían desde la mesa sin ninguna expresividad aparente en sus letras monótonas pero que tan sólo con estar allí, te producirían una sensación de agobio que iría subiendo poco a poco por tu garganta, te costaría respirar y te acordarías de toda la familia de tu jefe porque a éste le dio por mandarte todo el trabajo para el fin de semana y te había echado por alto tus dos únicos días de descanso. Recordabas el viernes por la tarde cómo se había acercado a tu mesa y con esa amplia sonrisa que pone cada vez que te va a pedir algo, te puso la montaña de papeles sobre la mesa mientras te decía que ese fin de semana no podía encargarse de todo aquello porque tenía cosas importantes que hacer, por ello te lo dejaba a ti para que lo terminaras.

Intentabas despejarte mirando a tu alrededor, te sentías pequeña rodeada de esos enormes edificios grises, amenazadores. La gente pasaba por tu lado sin siquiera mirarte, algunos incluso te empujaban haciendo que te balancearas de un lado a otro hasta que conseguías estabilizarte. A pesar de la amenaza de lluvia, Gran Vía estaba repleta de personas que iban y venían de un lado a otro. Nunca te había gustado estar en medio de la multitud, el roce, los empujones, los gritos, los coches que intentaban pasar…todo era demasiado para ti. Sólo escuchabas decir a las chicas jóvenes que qué bonito era el vestido que había en el escaparate de aquella tienda o que fuerte que Juan estuviera saliendo con Luisa o vaya fiesta se pegaron la otra noche. No podía evitar poner los ojos en blanco al escuchar aquella monótona conversación. Pero por otro lado, al estar pendiente para que no te arrollaran de nuevo, para que la marea de gente no te arrastrara con ella hacia donde fueran, te mantenían en alerta y eso permitía que no pensaras en otra cosa.      

Llegaste a Callao y sin darte cuenta, te quedaste hipnotizada como otros muchos que por allí pasaban, mirando uno de esos trailers de alguna nueva película a estrenar que aparecía en la gran pantalla que había sobre la puerta de entrada de los cines. Estabas tan ensimismada en las imágenes tan coloridas que no cesaban de aparecer que no te dio tiempo a nada más que correr hacia algún lugar resguardado cuando el torrente de agua comenzó a caer sobre Madrid, sin previo aviso. Corrías hacia el edificio de la Fnac intentando taparte inútilmente la cabeza con las manos, mientras sentías los aguijonazos de las gotas de lluvia sobre tu cara. La puerta de hierro con cristales parecía estar mucho más lejos de lo que recordabas. Te detuviste unos segundos ante ella: el interior estaba abarrotado de gente que al igual que tú se había dejado el paraguas en casa aquel día. Más gente, más empujones y encima estabas empapada con el agua calada hasta las huesos y el pelo pegado al rostro. Aquel día no había sido propicio para salir a dar una vuelta. Mientras te lamentabas, cogiste aire y decidiste entrar, empujaste con fuerza la puerta metálica que pesaba más de lo que recordabas y pasaste al interior. Un calor sofocante te golpeó el rostro.

Aquel contraste de temperatura hizo que un escalofrío recorriera tu espalda. Algo agobiada comenzaste a quitarte la cazadora que llevabas, pero, para colmo, la manga derecha decidió quedarse enganchada en una de tus pulseras. Tironeaste varias veces, pero parecía haberse propuesto no salir de allí. En uno de esos tirones, debido a la inercia del tirón, tu cuerpo se tambaleó hacia atrás. Te pareció escuchar a alguien tras de ti decir que algunos de los discos de la tercera planta estaban en rebajas, que ya que estaban allí debido a la lluvia subirían a echar un vistazo y tú mientras tanto intentando mantener el equilibrio cuando podrías haber ido a mirar esos discos también. Quiso tu mala suerte que pisaras un charco que se había formado debido a la cantidad de ropa mojada que se congregaba allí. Intentaste mantener el equilibrio pero fue inútil; tu pie resbaló y tu cuerpo se preparó para el golpe. Pero este no llegó. Al abrir los ojos una mirada verde penetrante, se clavó en tu pupila e hizo que tuvieras que contener la respiración. El chico que te sujetaba por la cintura te ayudó a ponerte de nuevo en pie mientras te preguntaba si estabas bien. Tú asentiste con demasiada efusividad intentando apartarte el pelo de la cara. Aquel ángel de la guarda te sonrió con una amplia sonrisa perfecta, una sonrisa que te derritió las entrañas. Te revolvió el pelo como si fuera tu hermano mayor mientras te decía que la próxima vez tuvieras más cuidado que no iba a estar allí siempre. Tú balbuceaste algo parecido a un gracias y a un de acuerdo. Los nervios estaban a flor de piel, intentaste sonreír pero no podías mantener la vista fija en aquellos ojos verdes que parecían conocer todos tus secretos. Una línea de sol iluminó su rostro.

La lluvia había cesado y todos los que estaban allí dentro comenzaron a salir a secarse cual tortugas. Entre ellos estaba tu ángel de la guarda de ojos verdes que se despidió de ti con un “hasta pronto”, volvió a repetirte que te cuidaras y se alejó con una inclinación de cabeza. Te quedaste allí plantada un rato más, hasta que decidiste salir a mezclarte de nuevo con el ruido de la calle, de la realidad, mientras que en tu mente seguían dibujados aquellos ojos verdes, aquellas manos rodeando tu cintura. Al salir a la calle cogiste aire con fuerza, como si se hubiera renovado debido a la lluvia y volviste a introducirte en el río de gente. Esta vez parecías flotar entre ella y una sonrisa dibujada en tu rostro. Al fin y al cabo, el día no había sido tan malo como auguraba desde un principio. En tu cabeza se repetía una y otra vez la misma frase, “hasta pronto”, quizá os volvierais a ver.

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