Un pequeño trayecto

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El tintineo de los vasos resuena en la cocina. Estás sentada en el sofá con tus compañeros de piso, viendo la tele, relajada. Hoy decides irte pronto, quieres dar un paseo antes de entrar en clase. Te levantas del sofá con lentitud y tras ponerte de pie, te estiras cuan larga eres, tus músculos se quejan bajo la piel, estirándose después de haber estado cierto tiempo relajados. Miras hacia el reloj que se encuentra en la pared de enfrente, todavía queda hora y media para que empiecen las clases, así que decides dirigirte a tu cuarto para ir preparándote.

            Al cabo de unos diez minutos te estás mirando ante el espejo que hay frente a la puerta principal. Tu reflejo de devuelve una mirada intensa y una media sonrisa se dibuja en su rostro; tú se la devuelves, dándote los últimos retoques en el pelo antes de salir. Tus ojos están cansados después de todo el día con la vista fija en los papeles, subrayando palabras sin censar, releyendo una otra vez las líneas, buscando lo más importante para hacer tu trabajo. Ahora toca relajarte un poco dejando volar a tu imaginación, desconectando de todo un poco. Bajas las escaleras poco a poco mientras coges los cascos que cuelgan de tu cuello y te los colocas sobre las orejas. Vas mirando el móvil sin prestar mucha atención a lo que se extiende frente a ti. Alargas una mano para coger el frío pomo de hierro y lo giras hacia la derecha. Vas tan ensimismada en la pantalla del móvil que casi chocas con una mujer mayor que entra a la misma vez que tú sales. Alzas la vista un segundo para mascullar un “buenas tardes” mientras fuerzas una sonrisa al sujetarle la puerta. Te quedas ahí, sonriéndole, mientras la mujer pasa por tu lado y sin girarse a penas, se despide de ti con un leve movimiento de cabeza mientras se va alejando por el pasillo. La observas subir con lentitud por las escaleras y no puedes evitar pensar cómo serás dentro de unos años. Al salir por la puerta te quedas mirando tu reflejo en la ventana de un coche aparcado frente al portal. Te fijas en tu pelo canoso y tu cara llena de arrugas. Colocas tras la oreja ese mechón rebelde que te tapa un ojo y sigues tu camino. Puede que dentro de unos años sea ese tu aspecto.

Recuerdas que llevas aún los cascos puestos y te vuelves a sumergir en la pantalla del móvil buscando en la carpeta de música. Al cabo de unos minutos la música retumba en tus oídos, ensordeciendo al mundo. Tus pasos son automáticos hacia el metro de la línea 6. Tu canción favorita comienza a sonar, ves el mundo de otro color y la gente que pasa por tu lado parece llevar el mismo ritmo que tu corazón. Irremediablemente una sonrisa aparece en tu rostro. Estás en tu mundo, en tu realidad y allí todo es perfecto. Ves los edificios, la carretera, las hojas de los árboles más brillantes como si te dieran la bienvenida a ese mundo paralelo que se crea en tu mente cuando te aíslas del presente. Tu imaginación comienza a volar, a crear historias que llevan como banda sonora tu música, el pecho se te hincha lleno de una alegría que no sabes de dónde procede, pero que te hace sentir poderosa.

            Sin darte cuenta, llegas a la boca de metro y bajas las escaleras dando pequeños saltitos. Entras por la puerta de hierro y cristal empujándola con fuerza porque pesa bastante y miras con un poco de timidez a tu alrededor, la gente se ha parado a mirarte, sin darte cuenta habías empezado a bailar; te detienes en seco e intentas aparentar normalidad, aunque en tu interior estás agitada. Pasas por el torno y te diriges el andén. Allí te sientas en uno de esos duros bancos de piedra, tu pie se mueve al ritmo de una música épica, los tambores y trompetas resuenan en tu mente. En el andén opuesto, ves a un hombre bien trajeado, de pelo rubio, por los hombros, parece bastante alto, facciones finas, nariz recta y unos ojos azul profundo que se pierden en la pantalla del móvil que sujeta en una mano, mientras que en la otra tiene un maletín negro: ejecutivo probablemente. Algo distrae tu atención, un rugido ensordecedor silencia la música durante un momento. Miras hacia ambos lados para descubrir que por el túnel de tu derecha sale un humo blanquecino y fuego. El corazón se te acelera y te pones de pie de forma instintiva. Otra vez resuena ese rugido que te atraviesa el tímpano. De repente, de la boca del metro aparecen unas fauces enormes entreabiertas, llenas de afilados colmillos, unos ojos ambarinos se clavan en ti y te estremeces. Miras a tu alrededor pero sólo tú pareces ver a aquel ser magnífico de escamas verdes brillantes, garras afiladas y alas desmesuradas que apenas caben en el metro. El dragón se fija en un hombre, al seguir su mirada te das cuenta de que es aquel hombre rubio y apuesto al que habías mirado antes, sus ropas han cambiado: lleva unos calzones que paren de seda, una camisola azul y el móvil que llevaba en la mano se ha convertido en una reluciente espada. La música épica sigue sonando en tus oídos mientras de fondo escuchas el entrechocar de la espada con las afiladas garras del dragón. De repente, la música cambia y con ella, el dragón  y el príncipe desaparecen. Sonríes para ti  mientras subes al tren que acaba de llegar.

Vas rumbo a Príncipe Pío. Sólo es una parada. Bajas y te diriges al andén que hay justo enfrente. Todo lo que te rodea parece ir al ritmo rápido y efusivo de la canción. El tren llega enseguida, todos subís de prisa  corriendo, las puertas se cierran y de nuevo en marcha. Tu respiración está agitada, como si acabaras de correr una maratón. Te agarras a una de las barras de hierro con fuerza  aspiras por la nariz, dejando que tus pulmones se llenen de aire, mientras tu respiración se tranquiliza y tu pecho sube  y baja de forma pausada. Una gota de sudor recorre tu sien, alzas una mano para quitarla, sólo has corrido de un tren a otro y ya estás tan cansada. El ritmo frenético de la ciudad  te está absorbiendo, te lleva a su rápido transcurrir, pero no quieres dejarte llevar, quieres ir tranquila, a tu ritmo, al compás de tu propia canción.

            Llegas a Plaza de España, dejas que la gente apresurada baje del vagón a toda prisa, sin mirar a los lados, sin importarles si en su camino arrollan a alguien o no. Bajas intentando no chocar contra la gente que sube e intenta volver a introducirte en el vagón. Empiezas a agobiarte, te aprisionan entre ellos y ni si quiera se dan cuenta. Luchas contra corriente, les empujas, te abres paso y justo cuando está sonando el pitido insistente que avisa de que las puertas se van a cerrar, consigues poner tus pies sobre el duro suelo del andén. Te giras hacia las puertas que se cierran con cara de pocos amigos, molesta e intentas fijar tu mirada de reproche en alguno de aquellos que te impedían el paso, pero nadie te presta atención, todos están demasiado pendientes de sus móviles. Algo ofuscada, diriges tus pasos hacia las escaleras mecánicas. Llevas los puños apretados a cada lado de tus caderas, sin saber muy bien por qué, estás enfadada, sientes correr por tus venas una sensación que te quema y la música no ayuda: guitarras endiabladas, el bombo enfurecido que dirige los latidos de tu corazón, la voz del cantante que parece entender tu frustración y te la susurra al oído. Mientras sigues subiendo las escaleras mecánicas de camino a la salida de la calle San Bernardo, tus nervios se van calmando poco a poco, el ritmo de tus pasos se acompasan con la canción lenta que te envuelve en ese momento, melodiosa, tierna, haciendo un gran contraste con la anterior. Una sensación de alivio te llena por completo y ves el mundo con otros ojos: antes lleno de ira, ahora lleno de luz tras subir las escaleras que te sacan de aquel lugar subterráneo, de aquel infierno lleno de indiferencia, egoísmo e incomprensión. Cómo si hubieras estado encerrada durante mucho tiempo en un lugar sucio y pequeño, coges aire puro que parece renovarte las energías.

Te pones en marcha de nuevo, ya te queda poco trayecto para llegar al imponente edificio en el que impartes clases. Un coro de voces celestiales resuena en tus oídos. Un poco más adelante, una mujer tropieza con uno trozo de suelo levantado que hay en la acera, esos salientes que parecen cepos y si no vas atento y mirando al suelo, tu pie queda atrapado en uno de ellos, haciéndote tropezar o caer. Te vas a acercar a ella para ayudarla, pero otra chica con alas de ángel, blancas como la nieve, se acerca antes que tú y le ofrece su mano para ayudarla a ponerse en pie. Sonríes para ti mientras pasas a su lado esquivando las suaves plumas.

Llegas a la puerta del edificio donde das clases. Te dispones a entrar cuando notas que alguien te toca la espalda, te giras y ves la cara de un hombre mayor con una hoja mal cortada entre las manos que te mira expectante. En tus oídos resuena una melodía de ritmos africanos que te transportan a la gran sabana. Tras aquel hombre ves a un león enorme, de abundante melena pajiza andar por la calle con un cachorro danzando detrás de él siguiendo el enorme rabo del padre. La imagen va desapareciendo mientras te vas quitando los cascos. A la vez que la música desaparece de tus oídos, la imagen que has visto tras el hombre mayor también va desapareciendo: el león se va convirtiendo en un hombre de unos treinta años y el cachorro que va tras él en un niño pequeño aferrado a la mano de su padre con una amplia sonrisa en el rostro mientras su protector le hace cosquillas y bromas. El hombre que tienes enfrente te pregunta sobre una calle cercana, la calle del Pez. Asientes levemente y le indicas como puedes la dirección que debe seguir. Te da las gracias y sigue el camino que le has indicado. Mientras, tú vas entrando en el edificio, subes las escaleras y llamas al ascensor. Ya no te da tiempo a seguir escuchando música, así que sacas el móvil del bolsillo de tu chaqueta y la apagas. De repente un poderoso silencio se apodera de ti. Aquella es la realidad en la que vives, ruido ensordecedor por todas partes, gente con prisas que no miran a su alrededor ni se paran un segundo. Pero por suerte, hay personas que aún disfrutan de su día a día o se paran a ayudar al que tienen al lado. Mientras esos pensamientos se arremolinan en tu mente, las puertas del ascensor se abren y sales al pasillo del tercer piso, giras a la izquierda y llamas al timbre. Te abren y vas hacia la clase donde ves a alguno de tus compañeros que ya han llegado, saludas y te sientas en una de las sillas. Tras haber sacado el material y lo has colocado en la mesa, te quitas los cascos que penden de tu cuello y los guardas en la mochila.

Mientras tengas música e imaginación podrás convertir el mundo en lo que quieras.

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