Encuentros casuales

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Luces de neón. Música a un volumen demasiado alto. Gente bailando de forma estrambótica. Apoyado en la barra, tomaba una cerveza. De vez en cuando se quedaba mirando a alguna chica que pasaba por su lado rozándole la espalda con un sutil dedo, llamando su atención. Los párpados se le cerraban de vez en cuando, una estúpida sonrisa dibujada en su cara provocada por el exceso de alcohol en sus venas. A pesar de ello, parecía que aún conservaba algo de lucidez. Un mal recuerdo pareció apoderarse de él, su sonrisa desapareció, dejando paso a un semblante triste. Quizá para intentar borrar ese recuerdo, pidió otra copa que no tardó en vaciar.

Una chica de pelo oscuro, vestida con una falda de cuero negro muy ceñida que realzaba todas sus curvas y una camisa de tirantes bastante escotada lo observaba desde lejos con una botella de cerveza en la mano. Una media sonrisa dibujada en el rostro, como si hubiera divisado una presa. Dio el último trago al botellín y, tras dejarlo sobre la barra, se dirigió con paso decidido hasta donde se encontraba él. Sin mirarle, se colocó a su lado y pidió una copa. El chico se volvió hacia ella y la recorrió de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en cada una de sus curvas. Ella se giró hacia él con una amplia sonrisa y comenzaron una conversación tribal. Ella asentía con la copa entre los labios mientras él hablaba sin parar, gimoteando de vez en cuando y llevándose la mano libre al rostro. La chica le palmeaba de vez en cuando el hombro como signo de comprensión, pero en su rostro podía verse la indiferencia.

Al cabo de unos minutos, ella, que parecía estar harta de tantas lamentaciones, le cogió del brazo y lo arrastró hasta el centro de la pista. La música parecía mucho más estridente que antes, los bajos retumbaban haciendo vibrar todo el cuerpo. El chico al principio se mostraba reticente a bailar, pero tras varios roces de la chica y algún que otro movimiento subido de tono, se animó a seguirle el ritmo.

En cierta ocasión, ella le rodeó el cuello con ambos brazos y con una leve sonrisa, se acercó a él para besarle, pero éste se echó hacia atrás de forma instintiva, parecía estar luchando contra algún sentimiento; pero finalmente, cerró los ojos y sucumbió a aquel beso. Ya no había vuelta atrás.

Una mano aferrada a la sábana. Una caricia sobre la espalda. Un beso desesperado. Una explosión de placer. Y después la nada.

Dos días después de aquel encuentro, un joven delgado hacía cola en el banco frente a la ventanilla vacía. Sin mirar otra cosa, revolvía papeles en una carpeta encabezada por su nombre: Darío Perales. Cuando apareció la empleada en la ventanilla, dio media vuelta y salió disparado.

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