Sacrificio

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El sudor perlaba su frente. Las piernas le temblaban. Los brazos le pesaban y caían a ambos lados del cuerpo. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba salir de pecho. El ruido ensordecedor de las gradas impedía escuchar a sus compañeras. Respiró hondo y miró el marcador: sólo quedaban cinco minutos e iban perdiendo de uno.

Todo el cuerpo le temblaba debido al cansancio. Se dobló sobre sí misma, la presión del momento le pudo, sentía que le faltaba el aire. Cerró los ojos durante un instante para calmarse. El ruido y los gritos del pabellón desaparecieron quedando sumida en un completo silencio. Debía concentrarse, era el último partido y tenían que ganarlo, sus compañeras confiaban en ella, tenían que apoyarse entre todas: si una flaqueaba, flaqueaban todas.

Abrió los ojos fijando la vista de nuevo en el marcador; tan sólo habían pasado unos segundos que a ella le habían parecido eternos. Una compañera se dirigió hacia ella con los puños apretados y le dio una fuerte palmada en el hombro. Con tan sólo ese gesto, le infundó la fuerza que sentía mermar a cada instante. Aún quedaba partido y podían ganarlo. Cinco minutos para ellas era como una hora; tiempo suficiente para remontar. Se mentalizó que todo el cansancio que sentía era psicológico: su cuerpo había sido entrenado para aguantar todo el partido, no iba a amedrentarse ahora porque las piernas le temblaran. Se irguió cogiendo aire con fuerza. El árbitro pitó y el equipo contrario comenzó a mover el balón a gran velocidad: sabían que el partido no había acabado y aún podía perderlo. Había demasiado en juego para ambos equipos como para perder la concentración. Cuando vio a las otras chicas venir hacia su zona, flexionó las rodillas sin prestar atención al dolor punzante que atenazaba a sus muslos, abrió los brazos cuan larga era y se dispuso a defender su zona con uñas y dientes.

Los minutos pasaban lentamente, parecía que aquello no iba a terminar nunca. Se quitó de un manotazo el hilillo de sangre que recorría su rodilla despellejada y se preparó para atacar.

El balón llegó a sus manos casi por sorpresa y de forma automática entró de cabeza entre la defensa y armó el brazo tan alto como sus fuerzas le permitían. Veía la portería entre las dos defensoras y vio el hueco que podía aprovechar; pero de repente, otra jugadora más apareció en su campo de visión, taponándole el espacio que había visualizado. Su mente reaccionó deprisa: giró el cuerpo hacia un lado, luego hacia el otro y entró por un minúsculo hueco que vio. Pero antes de que pudieran detenerla, soltó el balón hacia la derecha sin siquiera mirar si su compañera estaba lista o no. Tan sólo notó unas manos que la empujaron con fuerza en medio del pecho, haciendo que cayera de espaldas con la respiración entrecortada. Por un momento todo a su alrededor se nubló; tan sólo escuchaba los silbidos de la gente en las gradas.

La bocina sonó demasiado pronto para su gusto. No quería incorporarse por miedo a ver el marcador. Había conseguido regular su respiración después del golpe, pero no se atrevía a moverse aún. Sintió las manos de sus compañeras bajo sus hombros, tirando de ella para ayudarle a incorporarse.

<<¡Hemos ganado!>> era lo único que escuchaba a su alrededor sin dar crédito a lo que oía. Sus compañeras saltaban a su alrededor y la envolvieron en un abrazo. Miró por encima de sus cabezas entre salto y salto, hacia el marcador: habían ganado de tres. El pecho se le hinchó de orgullo y sentía que su corazón explotó de alegría. Se puso a saltar con sus compañeras para descargar toda la adrenalina acumulada durante aquella hora. Todo el esfuerzo y el sacrificio habían merecido la pena.

Fueron hacia el entrenador para abrazarle y celebrar con él la victoria tan merecida: sin él nada de todo aquello podría haberse hecho realidad. Tras darle la mano al equipo contrario, uno de los fotógrafos les pidió hacerles una foto para inmortalizar aquel momento. Se colocaron juntas en la banda, los colores le parecían más brillantes de lo que en realidad eran debido a la euforia. El parqué relucía, los focos la cegaban, los vítores de la afición la envolvían como un manto mullido y cálido que la atrapaba entre sus bazos, meciéndola. Para cualquier otra persona podía parecerle ensordecedor, pero para ella era como una nana relajante, un canto victorioso. Entonces el flash saltó dejándola ciega durante unos instantes. Aquel momento quedaría grabado para la eternidad: todas con una sonrisa radiante a pesar del cansancio y la tensión. Habían pasado al campeonato de España y eso jamás lo olvidarían.

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