Sueños

Castillo medieval

¿Cómo empezar? ¿Sobre qué escribir? ¿Qué personajes utilizaría esta vez? ¿Cómo contaría la historia? ¿Cuál sería la trama adecuada para llamar la atención del lector?

Se dejó caer sobre la mesa y comenzó a golpear el pergamino en blanco con la punta de la pluma dejando pequeños puntos negros en una de las esquinas. Cogió aire y lo soltó con fuerza haciendo que algunos papeles cayeran al suelo.

Quería escribir algo totalmente diferente pero su cabeza estaba bloqueada, no se le ocurría nada nuevo que contar, ni que le parecería interesante para los lectores. Se le habían pasado por la cabeza numerosas historias, pero ninguna le gustaba lo suficiente como para pensar siquiera en escribir unas líneas. Echada como estaba sobre la mesa cerró los ojos con fuerza, esperando que así le viniera la inspiración y su mano se moviera sola para escribir un buen relato.

Tras varios minutos así, comprendió que estando allí sentada no iba a conseguir nada, se levantó con lentitud sin apartar  la vista de la hoja moteada y tras echarle un último vistazo, salió a la calle.

Las ruedas de los carros tirados por mulas levantaban una fina nube de polvo que se pegaba a la piel y al pelo, dejando una fina capa parda. La gente iba y venía de un lado a otro portando los frutos que habían dado ese mes sus huertas, otros limpiaban las verduras que no se habían vendido ese día, expuestas en cajas de madera destartaladas; los zapateros salían a la puerta de su pequeño negocio para despejarse; los carniceros y panaderos comenzaban a cerrar sus puestos después de la larga jornada de trabajo; el sonido del yunque del herrero resonaba a lo lejos con insistencia, seguramente dando los últimos retoques a algún encargo de última hora. Quizá salir a la calle y estar rodeada de tanta vida y de tanto jaleo despertaran su parte creativa que seguía dormida en alguna parte de su cerebro. El resonar de las herraduras de un caballo la distrajo por un momento, quedándose ensimismada en el fornido animal que pasaba por su lado, en el relinchar y el chasquear de la fusta sobre su piel sudorosa instigándole a ir más rápido.

Cuando el caballo pasó con su rudo jinete, un niño descalzo, vestido con una saya grisácea y un trozo de pan bajo el brazo apareció entre la polvareda que había levantado el cuadrúpedo y tuvo que hacer malabarismos para no chocar con él. Lo siguió con la mirada y una leve sonrisa amarga se dibujó en su rostro al recordar tiempos pasados mientras conseguía mantener el equilibrio. Cuando dio media vuelta para proseguir con su camino hacia el río, chocó contra alguien; al alzar la vista su corazón se estremeció. Un imponente soldado con yelmo y cota de malla, con el escudo del rey dibujado en el pecho, espada al cinto, la sujetó del brazo y la echó a un lado con brusquedad y seguido por otro soldado salieron corriendo tan rápido como aquellas vestimentas le permitían tras el ladronzuelo.

Al sentir aquella fría mano sobre su piel desnuda no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la columna vertebral de arriba abajo. Aquel simple contacto bastó para que volvieran a su memoria oscuros recuerdos que creía olvidados: aquella fría celda, grilletes despellejando sus muñecas y tobillos desnudos, aquel cura joven que tras escuchar su dura historia había hablado con todos aquellos que pudo para conseguir que no la mandaran a la hoguera y muriera allí. Volver a revivir todo aquello, la penumbra, el frío envolvente, los gritos de los que eran torturados sin descanso, sus propios sollozos, se le puso la piel de gallina. Después de todo lo que había tenido que pasar en su niñez pensó que no podía haber nada más, pero entonces ocurrió: fue violada por aquellos soldados, el desencadenante de todo, al lado del río en el que en ese instante paseaba.

            Desde hacía diez años era libre. Al principio los soldados la vigilaban de cerca, desconfiados, pero consiguió llevar una vida normal. Todos la miraban al pasar y murmuraban a sus espaldas, pero tras conseguir trabajo en la lavandería donde las mujeres la aceptaron como una más, su terrible historia fue olvidándose poco a poco. Compró unas pequeñas tierras y una humilde casa y empezó su nueva vida, aunque a veces, notaba cómo algunas miradas escrutadoras y otras curiosas se clavaban en su nuca. Además de trabajar en la lavandería, se ganaba unas monedas extras escribiendo novelas, que estaban teniendo bastante éxito entre la población para su sorpresa. No quería ni pensar qué pasaría si descubrían que había vuelto a las andadas, que había vuelto a ocultar su sexo e identidad bajo un pseudónimo para conseguir subsistir. Había tenido suerte una vez, pero dos ya no estaba tan segura.

¿Y si el cura hubiera pensado como todos, que había sido todo por medio de la brujería? ¿Y si no hubiera sentido compasión por ella y la hubiera mandado a la hoguera como todos crían? ¿Y si toda su historia, su vida, hubiera acabado hace diez años, en aquel instante, en aquella celda?

Su historia…otro final… Podría funcionar. Cambiando algunas cosas por allí y otras por allá para que nadie se diera cuenta de que era su propia historia y no crear un nuevo revuelo entre la población. Debía intentarlo.

            Llegó a casa agitada de la emoción, con una leve sonrisa dibujada en el rostro. Recogió los pergaminos que habían caído al suelo, se sentó a la mesa y tras mojar la pluma en la espesa tinta, comenzó a escribir su propia historia.

separador-libro

Abrió los ojos de golpe con aquel sueño palpitando aun en su mente. Sin pensárselo, cogió el pequeño bloc que dejaba sobre la mesita de noche para ocasiones como aquella y comenzó a escribir a gran velocidad aprovechando que el sueño seguía fresco en su memoria.

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