Frío cristal

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Suelo frío. Noche oscura. Campanadas resonando en la lejanía. Quedé allí tirado como si de un trapo se tratara. La noche había comenzado bien, bailamos con el príncipe una canción tras otra en el gran salón bajo la atónita mirada de todos los que estaban allí presentes. Ella iba radiante con su vestido blanco y nuestro frío cristal cubriendo sus pequeños pies. Pero la media noche llegó antes de lo esperado, ella salió corriendo, tropezó con las escaleras y me dejó aquí tirado, en este frío escalón de palacio.

Todo comenzó aquella misma tarde. Todo lo que voy a narrar ahora lo supe después cuando unos simpáticos ratoncitos me lo contaron. Ella había sido invitada por el príncipe a una gran fiesta que celebraba en su palacio, pero su madrasta y sus dos hermanastras no le permitieron ir y destrozaron el vestido que tanto tiempo le había costado hacer, obligándola a hacer más tareas en la casa, de esa manera se aseguraban de que no asistiera a la fiesta. Por suerte, una hada madrina apareció de la nada y empezó a desplegar su magia para que ella pudiera ir al baile: convirtió una calabaza en una bonita carroza y a unos ratones en unos espléndidos corceles que tiraban de ella; le hizo un bonito vestido muy brillante, después nos hizo a mi hermanito y a mí, colocándonos en sus pies para completar su fabuloso conjunto. Con aquella llamativa comitiva, nos dirigimos hacia palacio.

Ahora estoy aquí tirado sin más compañía que un manto de estrellas sobre mí. Oigo pasos que se acercan corriendo, es el príncipe que la ha seguido buscándola por todas partes y me ha visto, menos mal. Me coge con cuidado y me lleva a su gran habitación. Habla con un sirviente que lo ha acompañado todo el rato, le cuenta todo lo que ha pasado aquella noche, hace unos minutos y al final le confiesa que se ha enamorado de ella, pero no sabe ni su nombre ni dónde vive. Pobre chica, después de todo lo que ha sufrido por culpa de su madrastra que la tiene como si fuera su criada… Tendría que casarse con el príncipe y dejar a todos atónitos. De fondo escucho algo de ir probándome en los pies de todas las jóvenes del reino para saber a quién pertenezco, en el que encaje será la afortunada que se case con el príncipe. Es una gran responsabilidad para mí, porque puede que haya alguien con su misma talla de pie, así que tengo que hacer todo lo posible porque encaje en el de ella.

Otro sirviente entra por la gran puerta con un cojín rojo, me coge y me pone sobre él, después me pone en un gran mueble de madera donde el príncipe me contempla con rostro preocupado. Habla entre cuchicheos con sus dos sirvientes, el príncipe asiente un par de veces y luego se vuelve hacía mí. Uno de los sirvientes se dirige hacía una gran mesa, pone un trozo de pergamino, coge una pluma que moja en el tintero y redacta todo lo que el príncipe le va dictando a viva voz. Mañana será el gran día, todas las jóvenes del reino esperarán ansiosas que yo sea el indicado para su pie. Todo se decidirá mañana y tan sólo deseo que sea ella la elegida…

Ahora me toca hacer mi papel, tengo el protagonismo de este cuento, a ver si todo sale bien.

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