Retrato

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La mañana amaneció nublada. Parecía que iba a llover pero aun así se levantó de la cama y se dirigió hacia el cuarto de baño para echarse agua fría que hizo que se despejara por completo. El tiempo no había pasado en balde y se hacía notar en su calva cabellera que se reflejaba en el espejo, se pasó una mano como si estuviera recordando aquellos tiempos en los que la cubría una abundante capa de pelo oscuro y liso. Se tomó su acostumbrada taza de café con una rebanada de pan con aceite, ese aceite andaluz que cuando lo tomas te deja un leve regusto a picante. Después se sentó en su gran sillón, frente a su cuadro favorito, Las señoritas de Avignon,  y, como todas las mañanas, abrió su libro de tapa marrón oscura bastante deteriorada por los años, sacó un cigarro blanco del paquete que había sobre la mesa situada a su derecha y, tras encenderlo, se sumergió en la lectura. 

Miró por la ventana del salón, un gran nubarrón oscuro se había colocado sobre su calle, cubriéndola de una larga sombra que le daba un aspecto siniestro, aun así, cogió su boina negra, se la colocó sobre la lisa cabeza, se puso su camisa de rayas blancas y azul marino, al estilo marinero, una gruesa bufanda de punto de color negra y una chaqueta oscura; del bolsillo derecho del pantalón, sacó un paquete de cigarros, cogió uno y lo puso entre sus labios de forma que colgaba de ellos como si fuera a caerse de un momento a otro y lo encendió antes de salir. 

Cuando bajó al portal y abrió la puerta, una ráfaga de aire frío le heló los huesos, mantuvo el cigarro entre los labios, esta vez con más fuerza, se enrolló bien la bufanda alrededor del cuello, casi cubriéndole el rostro y se introdujo en el ir y venir de la gente que pasaba por la calle mientras se frotaba sus huesudas y viejas manos una con otra para entrar en calor.

Era un frío sábado por la tarde, un 25 de octubre de 2013, la hora justa en la que todo el mundo aprovechaba para salir al centro de Málaga a dar un paseo, ir al cine o a comprar en las tiendas. A pesar del frío húmedo que helaba los huesos hasta calarlos, el bullicio que había en las calles hacía entrar en calor a los transeúntes que iban y venían. Se introdujo en la marea de gente como si tuviera un sitio reservado, sin chocarse con nadie ni cortándole el paso a quien pasara por su lado. Siguió ese río interminable hasta Calle Larios, donde se bifurcaban en diferentes direcciones. Siguió recto, cruzando la calle principal hasta la gran plaza central donde la mayoría aprovechaba para tomar algo en aquella cafetería que había desde hace años. Los cafés humeantes se diferenciaban de las manos que los aferraban con fuerza para entrar en calor, la charla animada de los que estaban allí sentados, algún que otro músico callejero tocando para ellos con su acordeón canciones conocidas que los más mayores tarareaban sin pensar. Siguió calle arriba dejando el bullicio de los bares, se introdujo en un pequeño callejón y allí estaba, su sitio favorito, no se había movido desde el día anterior. Entró y los camareros le saludaban con un animado “Buenas tardes, señor” con cierta familiaridad. Desde que tenía memoria, iba todos los sábados allí a tomar su acostumbrado café con una copita de anís y más aquella tarde de frío, esa copita le iba a sentar muy bien para entrar en calor.

Tras su acostumbrado café, volvió a salir a la calle bajo una fina lluvia que había decidido empezar a caer. Miró hacia el oscuro cielo teniendo que entrecerrar los ojos cuando las pequeñas gotas caían sobre su rostro. Volvió a sacar un cigarrillo, ahuecó la mano sobre él para poder encenderlo bajo la lluvia, se caló la boina hasta las orejas, se enrolló la bufanda hasta arriba y, con las manos en los bolsillos, fue calle abajo.

Llegó a su sitio favorito, el Museo Picasso. Ese fin de semana era especial, se celebraba el décimo aniversario del Museo Picasso y el grueso del Octubre Picassiano y como cabía esperar, había un gran número de gente a las puertas del museo esperando su pase para entrar y ver las nuevas exposiciones temporales que habían traído. Observó bajo la visera de su boina, entre la lluvia, como familias y sobre todo extranjeros, entraban por la puerta con prisas, quizá para resguardarse en algún sitio de la lluvia o por real interés por la pintura. Esperó su turno en la cola y cuando llegó al mostrador, se quitó la boina empapada, la chica que había detrás le saludó con una amplia y amable sonrisa y, sin cobrarle nada, le dio su entrada que siempre le reservaban. Con una inclinación de cabeza, se alejó de allí para introducirse dentro del museo y comenzar la visita; pero no se detuvo en ninguna sala, siguió el largo pasillo, pasando espectaculares cuadros y fotos sin prestarles ninguna atención. Subió escalera y cruzó numerosas salas sin detenerse. Tan sólo se permitió parar una vez que hubo llegado a la última planta, pasó de largo por un ancho pasillo hasta llegar al final y se detuvo en una foto en blanco y negro, enmarcada con madera negra y protegida por un grueso cristal. Siempre que llegaba ante aquel retrato fotográfico no podía evitar que el corazón le bombeara con fuerza y la respiración aumentara de velocidad. Vio su reflejo en el cristal y se movió un poco para que su rostro encajara con el de la foto. Abrió los ojos como platos, como siempre hacía, y sin aliento, contemplaba al hombre que lo observaba desde el otro lado; llevaba la misma camiseta de rayas blancas y azules oscuro al estilo marinero, una cabeza calva y unos ojos grandes. Parecía encontrarse ante un espejo. Con la sangre bombeándole con fuerza en las sienes, contemplaba su propio retrato colgado de una blanca pared.

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