La primera nevada

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Estuvimos en Londres unos días que a mí se me pasaron volando. Vimos numerosos monumentos, entramos a los museos conocidos mundialmente, paseamos bajo árboles inmensos en parques concurridos. Nunca se me olvidará la calidez que sentí cuando tomé un chocolate caliente frente a una iglesia. Llovía levemente. Tenía la capucha del chaquetón cubriéndome el rostro y las manos enfundadas en unos guantes negros. Miraba al cielo cubierto de nubes negras y una fina capa de lluvia me cubría el rostro. Acompañé a mi padre a un puestecillo callejero donde vendían ese chocolate caliente y cogí mi taza con ambas manos, sintiendo el calor que desprendía ese líquido oscuro a través de mis manos, recorriendo todo mi cuerpo. Caminamos por la calle con la taza entre las manos, charlando y señalando de vez en cuando, algo que nos llamaba la atención y queríamos mostrar al resto. Mi hermana correteaba de un lado a otro, perseguida por mi madre para que no fuera hacia la carretera. A pesar del día melancólico y tristón que hacía, yo me sentía eufórica por estar en Londres, disfrutando de un buen chocolate caliente mientras paseaba por sus calles, integrándome en el bullicio matutino de la ciudad.

Nuestros pasos nos llevaron a una gran librería de dos plantas que se alzaba imponente frente a nosotros: un edificio gris, acorde con el tiempo que hacía, con unas grandes cristaleras en la pared frontal que permitían ver desde la calle lo que había en su interior. Decidimos entrar a echar un vistazo, además así nos resguardábamos de la lluvia que había comenzado a ser más fuerte. Al entrar por la pesada puerta de acero negro y cristal, me quedé boquiabierta, observando embelesada a mi alrededor. Altas estanterías cubrían cada centímetro de la primera planta, llenas de libros de todo tipo. Paseé entre ellas durante largo rato, mirando el lomo de todos los libros en los que se posaba mi mirada, intentando traducir los títulos que habían impresos con letras plateadas o de colores. Cogí algunos y los ojeé ensimismada en las palabras que aparecían en sus finas hojas, como si pudiera entender algo de lo que allí ponía.

Después de un largo paseo entre estanterías de madera, oliendo a libro nuevo por todas partes, subimos a la segunda planta. Allí había una papelería enorme que ocupaba la mitad de la planta; en la otra mitad había una cafetería con pequeñas estanterías en los laterales para que todo aquel que quisiera, pudiera coger cualquier libro y se sumergiera en su lectura mientras se tomaba un café caliente o un pastel para saciar el hambre. Y si querías, podías comprar en la papelería algún bloc de notas o bolígrafos y lápices para colorear y tener entretenidos a los más pequeños. Mi hermana y yo recorrimos las vitrinas de la papelería, mirando todo aquello que nos llamaba la atención. Mis padres, viendo que aquello nos gustaba, se sentaron en una mesa de la cafetería para tomar algo, al lado de una de las grandes cristaleras que daban a la calle. Cuando mi hermana y yo nos cansamos de toquetear todo lo que pudimos, nos sentamos con ellos. Me pedí un vaso de leche caliente y un croissant de chocolate y estuvimos comentando sobre aquella librería inusual. Mientras sorbía un poco de leche, observé algo extraño por la ventana. Miré más atentamente y me di cuenta que las gotas de lluvia tardaban en caer. En vez de hacerlo verticalmente, caían con suavidad, como si flotaran. Me volví hacia mis padres con el ceño fruncido, dándoles a conocer mi extraño descubrimiento. En mi mente se empezaba a formar una idea de lo que podía estar pasando, pero no fue hasta que mi padre pronunció la palabra “nieve” cuando el rostro se me iluminó. Volví a mirar hacia la ventana con los ojos abiertos como platos y reparé en que lo que antes me habían parecido gotas, ahora eran grandes copos de nieve que caían lentamente, algunos rozando el cristal sin emitir sonido alguno. Miré entusiasmada hacia mis padres y casi les grité que estaba nevando, que mirasen hacia el cielo y verían la nieve caer. Ellos sonrieron y asintieron como si también fuera la primera vez que veían nevar. Me levanté de la silla y les metí prisa para que pagaran lo que habíamos pedido y así bajar cuando antes a la calle para ver de cerca la nieve caer.

Mis padres no tardaron ni un segundo en pagar la cuenta, cogimos los chaquetones de las sillas y bajé lo más rápido que pude las escaleras. Mis padres me seguían muy de cerca, con mi hermana igual de entusiasmada que yo. Empujé con todas mis fuerzas la puerta de acero y salí a la calle. El frío me golpeó el rostro, haciéndome sentir viva. Me volví a poner la capucha y los guantes y miré hacia el cielo nublado. Algunos copos se posaron en mis mejillas, para derretirse enseguida. No podía creer que me estuviera nevando encima, aunque fueran unos pocos copos los que llegaran a tocarme.

Pero pronto dejó de nevar y no habían pasado ni cinco minutos desde que salí por la puerta de la librería. Volví a mirar hacia el cielo, pero sólo sentí en mi rostro frías gotas. Miré a mis padres algo seria. Tras un instante de incertidumbre, les sonreí ampliamente y le di la mano a mi madre, dispuesta a seguir con nuestro gran viaje, aún con la sensación de cosquilleo en mis mejillas.

La nevada había durado pocos minutos, pero la euforia que sentí en aquel momento duraría toda una vida.

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