Una mariposa llamada Libertad

mariposa

Tras el cristal de la ventana ve la hierba brillar de un verde intenso bajo los primeros rayos de sol. Las copas de los árboles son mecidas por una ligera brisa haciendo que algunas hojas lleguen al alfombrado suelo cayendo en un lento balanceo, sin emitir ningún ruido. Bandadas de pájaros revolotean en un cielo azul y sin nubes. Hugo se levanta de la silla en la que se encuentra y abre la ventana de par en par. El frío de la mañana le acaricia el rostro, el canto de los pájaros son música para sus oídos; cierra los ojos para que esa sensación tan agradable perdure un largo rato. Vuelve a abrirlos y a lo lejos, en el horizonte, donde el sol comienza a alzarse entre montañas puntiagudas y verdes, ve una diminuta mancha de color negro que va zigzagueando sin control aparente. Hugo se asusta, como todas las mañanas que ve aparecer esa oscura mancha. Cierra la ventana con brusquedad y se echa hacia atrás, pegándose todo lo que puede a la pared de la habitación sin dejar de contemplar aquel objeto volante.

Cada mañana siempre es igual. Abre los ojos soñolientos bajo un techo blanquecino. Tiene que parpadear varias veces para acostumbrarse al brillo de la habitación pintada entera de blanco. Su cama chirría bajo su peso al incorporarse lentamente. Se sienta en el borde y se mira los pies descalzos que posa con cuidado en el suelo, como si éste quemara. Se frota los ojos como si fuera un niño pequeño que no ha dormido suficiente y se pone en pie, estirándose cuan largo es para desperezar a sus músculos y huesos aún entumecidos por el sueño. Mira, algo adormilado, a su alrededor en busca de algo nuevo, esperando que su entorno haya cambiado un poco durante la noche; pero sigue siendo el mismo; paredes blancas desprovistas de adornos, ni un cuadro, ni un espejo; nada. Tan sólo una puerta cerrada con llave y una ventana desde donde puede ver ese bonito paisaje que siempre le da los buenos días con sus luces y sonidos. El único mobiliario son su cama y una silla de madera que coloca al lado de la ventana para contemplar mejor lo que hay fuera. Y como cada día, en el horizonte, aparece esa oscura mancha zigzagueante que se acerca hacia él.

Observa con miedo, cómo se va haciendo más grande y su contorno va apareciendo ante sus ojos. Primero unas largas antenas seguidas de un tronco pequeño del que salen cuatro grandes alas y las dos últimas terminan en una cola parecida a la de las golondrinas. Se acerca lentamente hasta la ventana y Hugo respira aliviado al ver que es ella, tan hermosa como siempre; una gran mariposa esmeralda. Sus alas verdes relucen con el sol. Se queda suspendida en el aire, frente a la ventana, observándolo a través del cristal. Hugo sonríe, viene todos los días a visitarlo, pero nunca se acostumbra a su aparición. Se acerca a la ventana y la vuelve a abrir. El canto de los pájaros llena de nuevo sus oídos y la brisa revuelve su pelo oscuro. La mariposa se posa en el alfeizar y mueve las antenas de un lado a otro, como si estuviera saludándolo. Hugo extiende una mano y la mariposa revolotea hasta posarse en ella. Él la levanta hasta ponerla frente a sus ojos. La mariposa parece mirarle fijamente y como si supiera lo que siente, alza el vuelo, da vueltas a su alrededor y sale por la ventana. Hugo se acerca a ella y observaba cómo vuela libre en el azul del cielo, yendo de un lado a otro, invitándole con su vuelo a que la siga.

Hugo la observa anhelante. Él también quiere ser libre como la mariposa, quiere volar lejos de aquella fría habitación, sentir la hierba húmeda bajo sus pies descalzos, correr hacia aquellas montañas que están tan lejos, subir a su cima y tumbarse en ella, sintiendo los rayos del sol sobre su piel, cosquilleándole en las mejillas. La mariposa entra de nuevo en la habitación y se coloca tras él como si lo empujara a saltar, como si le incitara a hacerlo, dándole esa fuerza que necesita para tomar la decisión de escapar por fin.

Mira por última vez hacia su camastro y, tras coger aire, coloca un  pie sobre el alfeizar. Ya puede notar el tacto de la hierba. Está a punto de saltar pero entonces las oye. Voces guturales que parecen salir de todas partes. <<No podrás hacerlo>>; <<No puedes escapar de nosotros>>; <<Siempre iremos a donde tú vayas>>; <<Estarás atrapado para siempre>>. Mira a su alrededor en busca de aquellos que hablan, pero no ve a nadie. La mariposa vuela de un lado a otro, asustada, incitándole a que salte tan rápido como pueda para escapar de allí; pero Hugo está paralizado por el miedo. Mira hacia fuera para comprobar con horror cómo el paisaje armonioso va cambiando rápidamente. La hierba se convierte en lenguas de fuego que se hacen cada vez más altas y amenazadoras; los árboles se van pudriendo a gran velocidad hasta que sus troncos putrefactos caen hechos pedazos al suelo y son engullidos por las llamas; las montañas del horizonte se hacen cada vez más grandes tapando por completo el sol, dejando todo sumido en la oscuridad por sus largas sombras. Hugo intenta saltar, pero unos barrotes de duro y frío acero tapan la ventana, impidiendo que pueda salir. Se aferra a ellos y grita con fuerza, pidiendo ayuda a su hermosa mariposa, que revolotea de un lado a otro sin saber qué hacer. Hugo alarga un brazo entre los barrotes para intentar cogerla y sacarla de aquel infierno; pero unos brazos fangosos y grises que salen de entre las llamas, atrapan sus hermosas alas esmeraldas, cubriéndolas de esa sustancia pringosa, impidiendo que pueda seguir volando. Desde el otro lado de la ventana, Hugo observa horrorizado cómo la mariposa va desapareciendo entre las llamas. En su mente queda grabada la mirada angustiosa de su hermosa amiga, engullida y arrancada de su libertad por esas manos negras.

Hugo nota cómo el pecho le estalla por el dolor. Lágrimas calientes resbalan por sus mejillas. Grita cuanto sus pulmones le permiten. Se arrastra hacia el extremo opuesto de la habitación, observando cómo las llamas cubren por completo la ventana. Risas diabólicas resuenan por todas partes. <<Nunca podrás ser libre>>; <<Siempre estarás con nosotros>>.

–¡No! ¡No! –Grita Hugo, frenético–. ¡Dejadme en paz!

Se tapa con fuerza los oídos y se hace un ovillo en el suelo, tiritando de miedo. Grita con más fuerza intentando acallar a las voces que resuenan por todas partes, a las risas siniestras que se hacen cada vez más fuertes.

La puerta de la habitación se abre de golpe y Hugo abre los ojos. Ve entre lágrimas dos hombres altos y fornidos que lo cogen con fuerza de los brazos. Hugo intenta quitárselos de encima y patalea.

–¡Dejadme en paz! –Grita a pleno pulmón, forcejeando con los dos gorilas que le sujetan e intentan arrástralo hasta la cama.

–Tranquilo Hugo, tranquilízate –uno de los hombres que lo sujetan le habla despacio, intentando hacer que vuelva en sí–. Ahora vas a dormir tranquilamente, ¿de acuerdo? No pasa nada –pero Hugo no escucha sus palabras enmudecidas por sus gritos.

–Tenemos que sedarle –le dice el otro hombre al primero–. Hay que llamar a la doctora, está fuera de sí.

Entre los dos consiguen atarle a la cama, pero Hugo sigue forcejeando, intentando desatarse, despellejándose las muñecas y tobillos con cada tirón, pero no le importa, sólo quiere salir de allí. Las llamas ya han entrado en la habitación y nota el calor sobre su piel. Observa cómo los dos gorilas desaparecen por la puerta. Las voces siguen riéndose de él. Ya no escucha nada más que el crepitar del fuego y las voces de aquellos que impiden su libertad. Entonces la ve aparecer por la puerta, su ángel. Una mujer hermosa de pelo rubio y rostro pálido con las mejillas sonrosadas. Un halo sobre su esbelta cabeza y una luz brillante tras ella, formando el contorno de dos espléndidas alas. Se acerca hasta él, flotando en una nube y se coloca a su altura. Hugo la contempla ensimismado. Las voces son ahora un leve murmullo a lo lejos, pero las llamas siguen abrasando su piel, aunque no le importa.

–Ya pasó –su voz es dulce y cantarina, lo relaja por completo, sabe que cuando ella aparece, todo termina. Se pierde en su mirada azul–. Ahora podrás dormir.

Hugo observa cómo su ángel coloca una mano sobre su brazo y allí donde le toca, nota un leve pinchazo. Su cuerpo se va relajando poco a poco, las voces van desapareciendo y las llamas se retiran como serpientes asustadas. Su ángel le coloca una mano sobre la frente y le sonríe levemente. Hugo intenta devolverle la sonrisa, pero su cuerpo está completamente relajado. Entre las rendijas que dejan sus párpados, ve cómo se aleja, desapareciendo por la puerta que se cierra tras ella. Escucha cómo giran la llave, dejándolo de nuevo allí sólo, encerrado en su pequeño mundo.

Mientras los ojos se le van cerrando, piensa en su linda mariposa esmeralda de cola de golondrina. Cuando despierte, volverá a verla y está convencido de que por fin podrá volar libre junta a ella.

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