Frasco de recuerdos

ojos-asustados

En el primer peldaño de la escalera vio un charco rojo carmesí que parecía brillar con luz propia; arriba, como el tridente en alza del mismo Poseidón, se erguía, amenazador, un simple tenedor.

Se fue a su bufete a la misma hora de siempre. La monotonía empezaba a cansar. Recorrió los pasillos como si fuera en una nube, todos la observaban con ojos de deseo, esperando cualquier mirada o gesto por su parte que les derritiera las entrañas y les hiciera suspirar. De vez en cuando, guiñaba un ojo a alguno o sonreía a otro. Se sentó ante una amplia mesa y preparaba los papeles para su próximo juicio, cuando escuchó que golpeaban a la puerta. Tras indicar con voz melosa que podía entrar, un chico joven, alto y muy apuesto, vestido con traje negro, como era obligado ir a trabajar, pasó tímidamente al interior del iluminado despacho de blancas paredes. Le indicó con un movimiento de cabeza y la sonrisa más angelical que supo poner, que se sentara en el sillón que había libre, frente a ella. El joven obedeció de inmediato y comenzó a retorcerse las manos. Ella lo observó durante unos minutos, sabiendo que así lo pondría más nervioso. Le gustaba poner en un aprieto a los nuevos becarios. Cuando vio que su rostro había pasado por todos los tonos de rojo que existían, comenzó con la entrevista. Le gustaba, a pesar de su timidez. Tenía unos ojos azules cristalinos. Parecía un buen chico dispuesto a lo que fuera por trabajar en aquel bufete. No pudo evitar que una corriente eléctrica recorriera su cuerpo. Qué estaría dispuesto a hacer era una pregunta que se moría por contestar con rapidez; pero quizá en otro momento.

La entrevista no duró mucho más y el chico desapareció tras la puerta algo más tranquilo que cuando entró. Volvió a dirigir su atención a los papeles que tenía sobre la mesa, pero no pasó mucho rato hasta que volvieron a llamar y antes de que pudiera decir nada, un hombre moreno, de ojos verdes y corpulento entró, cerrando la puerta tras él. La contempló de arriba abajo con mirada lasciva y sonrió levemente mientras se acercaba a ella, rodeaba la mesa y la besaba con pasión desenfrenada. Ella sonrió bajo sus labios y le rodeo el cuello con sus largos brazos, regocijándose en la sensación de placer que le producía hacer lo prohibido. Tras su arrebato de pasión, mientras ella se abotonaba de nuevo la blusa, le propuso al hombre de ojos verdes que pasara por casa esa noche, estaría sola y podrían aprovechar mejor el tiempo.

El timbre sonó varias veces. Ella terminó de pintarse los labios de rojo antes de abrir. Sin decir una palabra, se besaron con frenesí, quedando en los labios de él restos del pintalabios. Sin más preámbulos, mientras seguían besándose con pasión, cerró la puerta con el talón y se entregaron el uno al otro.

Estaban tumbados en el sofá, tan sólo cubiertos por una fina capa de sudor, cuando, de repente, una llave entró en la cerradura de la puerta principal, abriéndola lentamente. Los dos amantes se incorporaron, asustados, intentando vestirse a toda prisa, como si así pudieran borrar lo que había pasado. Una mujer alta, de pelo rubio y ondulado, tez lisa y pálida, entraba por la puerta. Ella se acercó casi corriendo para besarla y así ganar algo de tiempo. Al principio, la recién llegada no pareció notar nada raro, pero entonces, vio sus ojos verdes brillas tras ella. La recién llegada se dirigió a toda prisa hacia la cocina y cogió lo primero que encontró. Con la misma rapidez, salió de allí y se dirigió hacia el hombre que tan sólo pudo ver algo relucir en la mano que la mujer rubia alzaba sobre su cabeza. La amante se dirigió hacia la puerta de entrada, cerrándola sigilosamente y contemplando lo que su verdadero amor hacia. Le clavó varias veces en el pecho el cuchillo y se separó un poco de él. Pero aún tenía fuerzas suficientes para empujarla a un lado y salir corriendo hacia la única salida que vio posible. Al poner el pie en el primer escalón, notó que le golpeaban con fuerza la nuca y cayó sobre las escaleras, inerte. La amante se dirigió a la cocina, cogió un tenedor y se lo entregó a su rubia compañera. Acto seguido, con la ayuda del cuchillo y el tenedor, le sacó aquellos ojos verdes que aún relucían vida. Los cogió con cuidado y se volvió hacia su cómplice. La besó con fuerza y ambas sonrieron crueldad, contemplando aquellos preciosos y verdes ojos que en su interior contenían un último recuerdo agradable y que pronto formaría parte de su colección ocular. La mujer rubia subió las escaleras lentamente mientras su compañera observó cómo dejaba caer el tenedor en el último escalón.

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