Rumores en la oscuridad

sombras

–Sabes que no podemos estar aquí, ¿no? –Dice Hugo con una ceja levantada.

–¿Desde cuándo ha importado eso? –Ella le mira con una media sonrisa pícara.

–Nunca… pero llegará algún día en el que nos pillen.

–Y cuando llegue ese día, yo ya estaré muy lejos.

Ella le vuelve a sonreír mientras continúa andando por el siniestro jardín de la mansión. Hugo la sigue de cerca mirando de vez en cuando hacia atrás, atento a cualquier movimiento. Dan los últimos pasos hacia la puerta de la casa que está desquebrajada y descolorida y miran a su alrededor. Alex saca un pequeño estuche negro del bolsillo pequeño de la mochila negra que cuelga de uno de sus hombros y lo abre mientras alumbra con la pequeña linterna. En su interior hay una numerosa colección de ganzúas, escoge la más apropiada y la introduce en la cerradura. A pesar de ser muy vieja, opone resistencia; pero, finalmente, suena un leve clic. Vuelve a guardar el estuche en la mochila y gira lentamente el pomo. Los goznes de la puerta crujen y chirrían cuando la empuja y eso la pone en alerta; antes de seguir empujando, mira a su alrededor. Tras comprobar que no ha levantado sospechas, entra en la casa, seguida por Hugo.

El suelo cruje bajo su peso y la puerta se cierra con un fuerte golpe. Alex se vuelve hacia su compañero con mirada acusativa.

–No me mires así…Ha sido sin querer –le dice en voz baja. Alex niega lentamente con la cabeza mientras se vuelve para proseguir con su camino.

Alumbra la habitación en la que se encuentran. El papel decorativo de las paredes está descolorido y cae en largas tiras hacia el suelo. Se encuentran en un pequeño hall. A su izquierda hay unas escaleras que parecen llevar a la boca del mismo infierno. A su derecha, un pequeño y estrecho pasillo continúa.

–Empecemos por la parte de abajo –le susurra Alex a su compañero. Éste asiente mirando con cara de asco hacia su alrededor.

Alex comienza a andar con cuidado hacia adelante, intenta no hacer demasiado ruido, pero el viejo suelo se lo pone difícil. Va alumbrando el camino. En las paredes ve algunos cuadros torcidos y rotos que consiguen mantenerse tan sólo por una de sus esquinas. Llegan a una puerta corredera con cristaleras. Alex agarra el pomo y tira con fuerza, pero la madera cede y se rompe, quedándose con el pomo en la mano. Hugo suelta una carcajada silenciosa. Alex lo mira con una sonrisa mal disimulada y se agacha para dejarlo en el suelo con cuidado. Mete la mano por el agujero que ha quedado y empuja con fuerza. Sobre ellos cae una fina capa de polvo. Hugo intenta contener la tos, pero es inútil. Alex se vuelve hacia él y le pide que se contenga con el dedo índice sobre sus labios. Él se tapa la boca y la nariz para intentar tragar la menor cantidad de polvo posible. Cuando consigue respirar con normalidad, asiente y levanta el dedo pulgar en señal de aviso para que prosiga con su exploración. Alex asiente y sigue con su camino. Alumbra la habitación en la que están entrando. Parece que es el salón. Al fondo, una vieja tele con una gruesa capa de polvo cubriendo la pantalla, frente a ella, un sofá que parece que es de color verde, pero no pueden asegurarlo. A la izquierda hay una vieja mesa redonda rodeada por cuatro sillas: dos de ellas tiradas en el suelo con las patas traseras rotas. Al lado de la mesa, un gran armario empotrado se alza imponente. Sus estantes están cubiertos por varias capas de polvo, marcos con fotos apergaminadas y algunos libros con las hojas sueltas y desgastadas. El haz de luz prosigue su camino hasta llegar a la pared donde hay otra puerta. Alex y Hugo se dirigen hacia ella y la abren con cuidado: en su interior, la cocina en desuso.

–¿Dónde crees que puede estar? –Pregunta Hugo en voz baja mientras estudian todos los rincones de la cocina con escrutinio.

–No lo sé –responde Alex mirando a todos lados–. Según la leyenda todos murieron en sus habitaciones; pero si son fantasmas, pueden encontrarse en cualquier rincón de la casa.

–Estoy deseando que aparezca, si es que sólo hay uno…

Están saliendo de la cocina, cuando el techo cruje sobre sus cabezas. Ambos dan un respingo y se pegan cuanto pueden a la pared que tienen tras ellos, mirando hacia arriba; luego se miran el uno al otro. Los pelos de la nuca se le erizan cuando escuchan pasos en la parte de arriba. Con cada pisada, cae polvo de entre las tablas del techo.

–¿Qué hacemos ahora…? –Pregunto Hugo con un hilo de voz.

–Subamos –respondo ella volviéndose hacia él con el ceño fruncido; éste asiente con gravedad y la sigue a través del angosto pasillo.

Llegan al pie de las oscuras escaleras y se detienen allí un instante. Ambos dirigen el haz de luz de sus linternas hacia la parte de arriba. Un espejo resquebrajado les devuelve el reflejo. Se miran, cogen aire y comienzan a subir por las escaleras. Éstas crujen bajo su peso, produciendo un sonido lastimero. Se detienen a mitad de camino porque escuchan un leve murmullo a lo lejos.

–No puede ser –dice Hugo. Por su tono parece molesto.

–Es normal. Es una casa encantada –le susurra Alex con una media sonrisa–. Ya sabes cómo son estas cosas.

–Cuándo aprenderán…

Siguen el sonido de las voces que les conducen a una habitación que se encuentra en el fondo del pasillo. La puerta está entreabierta y cuando se detienen frente a ella, las voces cesan. Hugo y Alex se miran e introducen la mano en uno de los bolsillos; después, empujan con fuerza la puerta que cruje de tal modo que parece estar a punto de romperse.

–¿Quién anda ahí? –Grita Alex con fuerza, entrando como un vendaval a la habitación, apuntando con la linterna a todos los rincones. Al fondo, acuclillados en una esquina, ve a un chico de pelo castaño cubriendo con sus brazos a una chica de pelo rubio que se tapa la cara con las manos–. No os mováis. Somos del FBI –mientras dice esto, saca la mano del bolsillo y enseña una placa a la pareja. Estos levantan la cabeza, asustados.

–Sabéis que aquí no podéis estar, ¿verdad? –Dice Hugo colocándose al lado de su compañera–. Estáis en la escena de un crimen, eso seguro que lo sabéis –los dos jóvenes asienten levemente–. ¿Qué sabéis sobre lo que ha ocurrido hace unos días aquí?

–Nos enteramos por la prensa que un chico se había suicidado aquí –comienza a hablar el chico con un hilo de voz–. Queríamos ver si su fantasma seguía aquí debido a la leyenda que circula sobre este lugar.

–Cuento de niños… –Dice Alex negando lentamente con la cabeza mientras vuelve a guardar la placa en el bolsillo–. Salid de aquí antes de que os esposemos y os llevemos al cuartel por extorsión.

Los chicos asienten y se levantan tan rápido como pueden del rincón. Alex y Hugo les alumbran el camino hasta la puerta principal. Desde allí los observan correr fuera del jardín. Después, cierran la puerta con suavidad y se miran.

–¿Te has traído la placa falsa? –Pregunta Hugo con una ceja levantada. Por toda respuesta, Alex saca la placa de su bolsillo y la abre–. Exterminadora de insectos –lee en voz alta–. Vaya…menos mal que esos chicos no son unos expertos –se la devuelve con una media sonrisa–. ¿Y cómo murió el padre de la familia que vivía aquí antes? –Pregunta Hugo con el ceño fruncido, cambiando de tema.

–Se ahorcó después de degollar a toda su familia en sus habitaciones –Alex sonríe levemente.

–¿Crees que fue él quien mató a ese chico?

–Es lo más seguro. Su cuerpo se encontró colgando del techo del dormitorio principal, pero no había ni sillas ni ningún otro indicio de que había sido él mismo quien se había ahorcado; pero como no encontraron pruebas, determinaron que había sido un suicidio.

–Entonces es uno de nuestros casos –Alex asiente mientras se vuelve hacia el interior de la casa.

De repente, a lo lejos, cree ver una silueta parpadeante. Le da un codazo a Hugo y señala hacia adelante. Éste mira hacia allí con el ceño fruncido y también ve esa extraña silueta. Esta desaparece de golpe. Un frío intenso se apodera de la casa. Nubes finas de vaho salen por su boca.

–Ya está aquí –susurra Alex mirando a todos lados.

–Lo habremos despertado…

Una fuerza extraña los impulsa hacia atrás, haciendo que choquen con fuerza contra la pared de la entrada que cruje con estruendo. Ambos caen al suelo, doloridos. Mientras se intentan poner de pie, un grito aterrador retumba en sus oídos. Cierran los ojos con fuerza. Alex los abre cuando el sonido cesa. Se echa hacia atrás al ver frente a ella un rostro blanquecino y semitransparente pegado al suyo. Una mueca aterradora asoma a sus labios, los ojos parecen salir de sus orbitas y el escaso pelo negro flota sobre su cuero cabelludo como tentáculos. Abre su horrenda boca sobre ella y alza una mano que introduce en el interior de su cuerpo. Alex nota cómo el aire le falta. Se agarra el cuello en un vano intento de detener la asfixia. Su rostro comienza a ponerse morado, parece que no va a aguantar mucho más. De repente, un ruido seco suena a su derecha, algo pasa rozando su rostro y el fantasma desaparece. Coge una gran bocana de aire y se queda apoyada contra la pared para intentar recuperarse. A su derecha escucha cómo recargan un arma. Se vuelve hacia ahí y ve a Hugo de pie, con las piernas semiabiertas, empuñando una escopeta recortada.

­–Gracias –dice Alex mientras se pone también en pie y extiende una mano hacia él. Hugo, entendiendo su gesto, saca de la mochila negra otra escopeta igual y se la entrega a su compañera. –Encontremos el cuerpo de este tío y quemémoslo de una vez para que se vaya al infierno –lo mira con rabia en los ojos mientras recarga el arma con fuerza y empieza a buscar el cuerpo de ese hombre por toda la casa.

–Me encanta este trabajo –dice Hugo mientras la sigue.

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