Mi primera vez

habt. blanca

Nadie me dijo lo que iba a doler.

Todo había sucedido tan rápido… Al principio no quería ir porque temía lo que pudiera pasar, lo que ese hombre, llamado Raúl, pudiera hacerme. Días antes de atreverme a pedirle un día para vernos, estuve como loca preguntando a mis amigos, a los que sabía que tenían experiencia con este tema, incluso, muy a mi pesar, les pedí consejo a mis padres que al principio no sabían muy bien como tomarse la noticia; pero todos coincidían en lo mismo: no era para tanto. Era cierto que al principio siempre dolía y, dependiendo de la persona, podría doler más o menos, pero si apretaba los dientes y cerraba los ojos, el dolor pasaría pronto. Pero cuán equivocados estaban. Tras terminar, me juré que acabaría con todos ellos por mentirme de aquella manera, por haberme hecho creer una cosa, cuando realmente era todo lo contrario.

Llegué al sitio indicado un poco más tarde de la hora prevista. Y cualquiera podría decir que llegué tarde por culpa del autobús o porque se me pasó la hora; pero la verdad es que llegué tarde por el simple hecho de que no quería ir, quería retrasar el momento todo cuanto pudiera; aunque sabía que en cualquier momento tendría que coger mi cazadora, montarme en el coche y dirigirme a ese maldito lugar. Sólo había visto una vez a Raúl y, la verdad, desde ese momento me transmitió mucha confianza, pero jamás pensé que llegaría la cosa hasta este extremo. Tras conseguir aparcar, apoyé la frente sobre el volante, intentando tranquilizarme, aunque eso era bastante complicado llegado el punto en el que me encontraba. Cogí aire y al fin decidí bajar del coche. Me dirigí hacia la puerta del edificio con paso lento. Cualquiera que me estuviera viendo en ese momento pensaría, no sin acierto, que me dirigía a mi sentencia de muerte. Tras pegar una vez al timbre, Raúl apareció por la puerta con una amplia sonrisa. ¿Cómo lo hacía para estar tan tranquilo? Maldita la hora en la que acepté venir… Pero ya era tarde para echarme atrás. Sin apenas mirarle y retorciéndome con fuerza las manos, lo seguí al interior de la habitación, traspasando una amplia sala bien iluminada, de paredes blancas, con un par de sillones en un lateral y una mesita cuadrada de cristal frente a ellos. Estaba pobremente decorada, por lo que no podría distraer mi mente con cualquier objeto absurdo que pudiera encontrar por allí; eso me puso más nerviosa aún. Necesitaba tener la mente ocupada y no pensar en lo que se me venía encima.

Se me hizo un nudo en la garganta y tan sólo pude balbucear un simple gracias cuando Raúl se echó hacia un lado, invitándome a entrar con un gesto de la mano. Le miró de reojo y pasé tan rápido como pude. Él entró detrás de mí y, aún con la sonrisa en el rostro, algo que comenzaba a sacarme de quicio, me dijo que me quitara los pantalones, me tumbara en la camilla y me tapara con la fina sábana que había allí; cuando estuviera lista que le avisara. Tras decirme esto, cerró la puerta tras él, dejándome a solas con mis pensamientos. Miré con algo de miedo la camilla que se encontraba en medio de la sala. Una música relajante sonaba de fondo, pero estaba lejos de tranquilizarme. Cogí aire y comencé a quitarme los pantalones con demasiada lentitud y me quedé de pie, en braguitas, contemplando mí alrededor. Tras cerrar los ojos un instante, me tumbé en la camilla de la tortura y me tapé con la sábana tal y como me había dicho Raúl. Intenté llamarle, pero la voz no me salía del cuerpo. Carraspeé varias veces y al fin salió un chorro de voz lo suficientemente potente como para que Raúl me escuchara. Tras varios minutos que se me hicieron eternos, la puerta se abrió sin producir ningún sonido, para después cerrarse cuando Raúl entró en la habitación. Incluso antes de que empezara, ya comencé a sentir un poco de odio hacia él.

Lo primero que me dijo mientras se aceraba a mí era que estuviera tranquila y que me relajara. ¿Cómo se le ocurría decirme eso en aquel momento? ¿Tranquila? ¿Cómo iba a estar tranquila sabiendo lo que me esperaba? O mejor dicho, ¿cómo iba a estar tranquila si no sabía lo que debía esperarme? Empecé a hiperventilar, algo que me daba vergüenza porque tampoco quería quedar como una cobarde. Mucha gente antes que yo había pasado por aquella situación y la mayoría, por no decir toda porque siempre hay excepciones, hablaba maravillas de todo aquello. Pero, ¿y si yo era la excepción? ¿Y si al terminar no había sido como esperaba? ¿Y si me doliera tanto que no pudiera soportarlo y acabara desmayada en la camilla? No quería pensar de forma negativa y menos cuando Raúl estaba a punto de empezar, pero mi mente me jugaba malas pasadas, haciendo que me pusiera en lo peor. No pude evitar que mis músculos se tensaran cuando Raúl colocó sus manos sobre mis piernas. Él soltó una leve risa mientras me decía que tenía que relajarme, porque si no lo hacía, me dolería mucho más de lo que tendría que doler. Lo miré con los ojos abiertos como platos. <<Doler te va a doler, pero podemos hacer que ese dolor sea lo más leve posible>>, me dijo mientras dirigía la mirada hacia mis piernas con el rostro contraído por la concentración. Bueno, por lo menos era sincero, algo que, aunque no lo parezca, me tranquilizaba bastante. Cogí aire e intenté relajar mis músculos tanto como podía. Y entonces comenzó…

Quería morirme, literalmente. Seguro que sería menos doloroso que todo aquello. Las piernas me temblaban sin control por el esfuerzo, sudaba copiosamente tal vez fruto del esfuerzo o, tal vez, de la tensión.  Intentaba relajar los músculos, pero me era imposible y, tal y como me había advertido Raúl, cuanto más los tensaba, más me dolía. Sus manos apretaban con fuerza y yo intentaba no gritar. En ese momento odiaba a aquel hombre, al día en que decidí ir a verle, el día en que todo empezó… En mi mente despotricaba contra todo y contra todos. Quería golpearle, arañarle, gritarle… Si no hubiera sido un desconocido, probablemente me hubiera lanzado a por él al primer indicio de dolor, pero me daba vergüenza que me viera de aquella manera, por eso intentaba contener mis gritos y gemidos; aunque en ciertas ocasiones era imposible. El dolor era tan insoportable que cuando no podía más, decía su nombre por lo bajo pidiéndole que parara un segundo. Y menos mal que me hacía caso; pero sólo paraba el tiempo suficiente para que cogiera aire y luego proseguía con su tarea.

La hora y media que estuve allí se me hizo eterna. Cuando se levantó y me dijo que había terminado, vi el cielo abierto. Intenté ponerme de pie, pero me temblaba todo el cuerpo, parecía un flan recién hecho dentro de un coche. Con paso lento lo seguí hasta la puerta principal. Una vez allí, le di los treinta euros acordados y, tras decirme con aquella estúpida sonrisa a la que había comenzado a tener asco, que lo había hecho muy bien para ser mi primera vez, me fui de allí tan rápido como mi dolorido cuerpo me permitía. Subí al coche e intenté conducir hasta casa sin estrellarme contra una farola ni atropellar a algún peatón. Todo el miedo del principio se había convertido en rabia. Rabia por mi cobardía y poco aguante y rabia porque, a pesar de todo, no había sido para tanto y había estado comiéndome la cabeza días antes por estupideces que, a fin de cuentas, no había sido para tanto. Empecé a reír sin control dentro del coche por mi inocencia y por ser tan tonta. Sí, había sido duro, pero mañana sería otro día y lo vería todo con nuevos ojos.

Pero qué equivocada estaba… Al día siguiente fue mucho peor, tenía agujetas por todas partes debido a la tensión y las zonas en las que más había puesto empeño, me dolían a rabiar, como si me clavaran pequeñas agujas en los músculos de forma constante. Cuando aparecí de aquella manera en la cocina, mis padres y mi hermana no pudieron contener la risa. Aunque los fulminara con la mirada, ellos seguían riéndose.

Fue entonces cuando decidí que nunca más volvería a ir al fisioterapeuta, a no ser que fuera estrictamente necesario.

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