Primeros pasos

venda

Tienes los ojos cerrados, todo es oscuridad. Intentas abrirlos, pero hay algo que te lo impide. No sabes dónde estás, te sientes desorientado y lo único que recuerdas es un fuerte golpe en la nuca y, después, millones de estrellitas blanquecinas brillando tras tus ojos. Te sientes como un niño recién nacido que descubre por primera vez el mundo, todo es nuevo para él y sus sentidos comienzan a despertarse. Así te encuentras en aquel momento. Lo primero que sientes es el aire rancio que entra en tus pulmones como si acabaras de abrir un libro antiguo y el polvo acumulado durante años entre sus páginas vuela alrededor de tus fosas nasales, intentando entrar en ellas, pero son tantas las volutas que la nariz se te embota y notas un fuerte picor que parece llegar hasta lo más profundo de tu cerebro. Intentas estornudar, pero aquella sensación no se te va. Giras levemente la cabeza para mover el aire a tu alrededor y así, conseguir que ese olor se desvanezca poco a poco; pero cuando pegas tu rostro a lo que parece ser el suelo, un olor agrio, como a humedad de varios días, hace que arrugues la nariz y diriges tu cabeza a la posición inicial. Mientras intentas recuperar tu olfato, extiendes las manos a ambos lados de tu cuerpo y estiras los dedos cuan largos son, sintiendo cómo los tendones y músculos se tensan bajo la fina capa de piel que los cubre. Con lentitud, como si temieras encontrar algo que no fuera de tu agrado, vas posando los dedos sobre la superficie en la que te apoyas. Los retiras tan rápido como puedes al notar algo frío y duro bajo su peso. No estás muy seguro de lo que es, por lo que los vuelves a bajar con lentitud y, tras varios toques con las yemas de los dedos, al fin consigues posar la mano por completo. El tacto es frío como si se tratase de un grueso trozo de iceberg que alguien hubiera depositado allí, pero, al mismo tiempo, duro y liso como mármol recién pulido. Notas cómo la palma de tus manos comienza a dolerte. Una quemazón que se extiende como corriente eléctrica a través de tus brazos. A pesar del dolor, deslizas las manos sobre la superficie en busca de alguna imperfección, pero no hallas ninguna irregularidad, parece que está hecha por un molde perfecto. Sigues tanteando a tu alrededor, hasta que pasas a ti mismo en busca de alguna herida o algo extraño que pudieras tener. Lo primero que haces es llevarte una de tus manos a la coronilla donde un dolor punzante hace rato que te molesta. Cuando llegas a la zona dolorida, tus manos topan con un líquido espeso, parecido a cuando metes los churros en un buen chocolate caliente y ves con fascinación cómo el líquido oscuro cae de nuevo a la taza con parsimonia, como si supiera que está siendo observado. Frotase el dedo índice y el dedo gordo entre ellos como si de aquella manera pudieras determinar de qué se trata, pero es algo imposible. Decides llevarte los dedos manchados de esa sustancia a tu ya despejada nariz y lo acercas lo suficiente a ella; pero tienes que retirarla a gran velocidad al notar un fuerte olor a hierro, como si te hubieran puesto en el orificio un trozo de llave que acabara de romperse. Aquel olor te es familiar: sangre. Te asustas, intentas ponerte en pie, pero tienes los músculos agarrotados. Mientras esperas a que vuelvan a serte útiles, sigues el recorrido de tu barbilla sintiendo la piel áspera y agrietada bajo los dedos. Llegas hasta los ojos y entonces comprendes por qué no puedes abrirlos: están cubiertos por una gruesa gasa, tan blanda como un trozo de algodón, pero fuertemente atada alrededor de tu cabeza. No entiendes nada. Vas a intentar quitártela cuando escuchas un leve tintineo a lo lejos. Al principio parecen pisadas de pequeños animalillos que corretean de un lado a otro sobre una superficie de madera; las vigas crujen bajo su peso liviano. Las pisadas se van haciendo más audibles hasta que puedes escuchar cómo unas pesadas botas pisan con fuerza sobre tu cabeza y hacen crujir las vigas de madera. Con cada crujido, notas cómo caen pequeñas virutas sobre tu rostro y sientes cómo se adhieren a él gracias al sudor que ha comenzado a cubrirlo, un sudor pegajoso. Notas cómo los poros se abren con un leve chasquido y sale gota a gota, para luego expandirse como fina lluvia sobre tu piel reseca. Las botas de gruesa suela comienzan a bajar por unas escaleras. El sonido va y viene, por lo que deduces que son de caracol. Las escaleras terminan y los pasos siguen un poco más hasta que se detienen por completo. Sientes los latidos del corazón bobeando sangre a toda velocidad y cómo ésta fluye por tus venas, hinchándolas hasta su límite. Oyes una puerta chirriar muy cerca de donde te encuentras, tanto que ese sonido como de grillos empezando a cantar, se te mete en lo más profundo del tímpano, como si tuviera eco y la cabeza te comienza a doler. Los pasos retoman su marcha, el suelo retumba bajo tu cabeza con cada pisada como un tambor de guerra; tu corazón sigue el ritmo. Oyes el leve roce del tacón contra el suelo y tus latidos se aceleran cuando sientes que se agacha junto a ti. Escuchas la respiración pausada sobre tu rostro y notas cómo los pelos de los brazos se te erizan hasta el punto de que te duele. Sientes que el aire cambia, ya no lo notas tan enrarecido, incluso hay un nuevo aroma, uno fresco y revitalizador, como a tierra mojada cuando acaba de llover. A lo lejos crees escuchar a algún pajarillo y su trino te parecen alegres campanas de boda. Das un respingo cuando notas unas manos cálidas sobre tu brazo; al taco parecen grandes y son ásperas, sientes las durezas de los callos raspando tu dermis. Te lo agarra con fuerza y tira de ti, haciendo que te pongas de pie sin ningún esfuerzo. Tus piernas tiemblan y estas a punto de caer, pero quien sea que esté a tu lado, te sostiene. Te empuja levemente hacia adelante y el olor a tierra húmeda se hace más intenso. Una suave brisa acaricia tu cara, sientes cómo te mece suavemente el cabello y entra a través de los poros del cuero cabelludo, causándote agradables cosquillas. Quien te sujeta te sigue empujando y sabes que has salido cuando la textura dura y lisa del suelo, cambiaba por completo. Notas que los pies se hunden ligeramente bajo tu peso y el olor a humedad fresca te golpea el rostro. Los sonidos se hacen más intensos. Hay un constante murmullo a tú alrededor: las hojas mecidas por la brisa suenan a cuando dos trozos de papel se rozan levemente; el aleteo de los pajarillos se funden con sus cantos alegres. Tienes la necesidad de agacharte y extiendes las manos.  Tanteando topas con algo suave que te hace cosquillas en la palma, lo agarras con fuerza y tiras, te lo llevas a la nariz y aspiras su olor fresco. Huele a hierba recién cortada, a ese olor entre fuerte y suave que se queda impreso en tus fosas nasales, que es entre amargo y dulce, pero no termina de agradar del todo. Quieres seguir experimentando más, pero quien entrara antes en la habitación, te levanta con algo de brusquedad. Tú te mantienes quieto sin entender nada de aquello. Sientes cómo esa persona alza sus brazos detrás de ti y los lleva a tu cabeza. Escuchas que rasga algo con fuerza y, de repente, la venda que te cubre los ojos cae delante de ti. Parpadeas varias veces, la luz del sol te molesta. Cuando consigues abrirlos, los colores que te rodean son muy brillantes, como si un foco enorme estuviera sobre los objetos que hay frente a ti y lo hicieran relucir con fuerza. Al fin tu vista se acostumbra a la brillante luz y los colores te golpean la pupila: el verde de la hierba contrastando con el verde de las hojas de los árboles, el marrón oscuro de los troncos, algún que otro fugaz azul y amarillo de los pajarillos que revolotean alrededor, el azul casi blanquecino del cielo y, sobre todo, el amarillo-rojizo del majestuoso rey. Es la primera vez que sientes de esa manera. Respiras y ves las cosas de diferente manera, de un modo como nunca antes habías hecho. Pero algo en tu interior te grita que despiertes de tu ensoñación, que algo no encaja del todo en aquella situación idílica. Como si tu cerebro quisiera hacerte recordar, en tus fosas nasales vuelve ese olor a rancio, sientes sobre tu espalda el frío suelo y sobre tus ojos aquella oscuridad parece querer volver. Entonces recuerdas donde habías estado hace apenas unos minutos y empiezas a preguntarte cómo has llegado allí, qué sitio es aquel y por qué estás en ese lugar. Entonces notas que algo afilado se hinca levemente sobre la parte baja de tu espalda y puedes sentir el frío de la hoja por encima de tu camiseta. Escuchas con claridad como tu columna vertebral cruje al ponerse recta, cómo tus vértebras rechinan al chocar unas con otras debido a la tensión. Sientes cómo la persona que hay detrás de ti se acerca con lentitud a tu oído y te dice en voz baja que corras. Aunque no le has visto el rostro, el timbre de su voz es amenazador, grave y áspero, como si acabara de levantarse. Y tú, sin necesidad de más advertencias, echas a correr sin mirar atrás con el corazón a punto de salirte por la boca.

 

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