Y como decía Bécquer…

Golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas

En tu balcón sus nidos a colgar,

Y otra vez con el ala a sus cristales

Jugando llamarán.

Cerré la tapa del libro y me quedé contemplando el techo. Siempre que leía ese poema, el corazón se me encogía en un puño y la respiración se me aceleraba recordando el día en que él me lo regaló, el día en que todo empezó. Su sonrisa arrebatadora, sus ojos oscuros que cambiaban de color según cómo le diese el sol, sus hoyuelos en las mejillas, su barba de varios días suave bajo la yema de mis dedos y sus breves pero sinceras palabras antes de marcharse. Me parecía tan lejano aquel recuerdo que a veces no sabía si era real o ficticio; pero cuando sostenía ese libro entre mis manos no podía evitar que una sonrisa tonta apareciera en mi rostro y el pelo de la nuca se me erizara al evocar esos pensamientos.

Miré por la ventana. El cielo amenazaba con lluvia y un viento frío movía las copas desnudas de los árboles. La primavera se estaba retrasando ese año, demasiado para mi gusto. Tenía ganas de sol, de ver las flores abrir sus pétalos y andar por las calles embriagándome con el perfume que desprendían; pero ese año iba a tardar en disfrutar del buen tiempo. Suspiré tras entender que por mucho que mirara por la ventana, los rayos de sol no iban a abrirse camino entre las espesas nubes con sólo desearlo. Decidí sumergirme de nuevo en la lectura. Al leer los primeros versos mi imaginación estalló en una explosión de colores. Qué mejor manera de traer la ansiada primavera que leyendo un poema de Bécquer donde habla del regreso de las golondrinas, ese pequeño y ligero pájaro que aparece con el buen tiempo en los balcones de las casas para llenar el aire con sus alegres trinos. Sin darme a penas cuenta, me quedé dormida con la mente sumida en un profundo sueño lleno de brillantes colores, de riachuelos con agua fresca que bañaban mis pies descalzos. Allá donde mirara una flor se abría mostrándome con elegancia y orgullo sus pétalos rojos, amarillos, violetas, naranjas. Me sentía como Alicia en su fantástico viaje al País de las Maravillas cuando descubre el jardín de las flores.

Varios días después del hermoso sueño, aún sentía ese agradable cosquilleo recorriendo mi cuerpo; pero cuando miraba por la ventana y seguía viendo el cielo encapotado tiñendo el asfalto de un color grisáceo, el desasosiego me invadía. Años anteriores por esas fechas ya brillaba el sol y la calle se llenaba de gente que salía a disfrutar de los primeros rayos; aunque para mí, lo más importante y lo que tanto ansiaba, era la llegada de las primeras golondrinas, pero sólo aparecerían si hacía un tiempo cálido, propicio para tener a sus crías.

Miraba de reojo el libro de poemas de Bécquer que se encontraba sobre mi mesita de noche. Hacía varios días que no lo tocaba porque no me sentía con fuerzas de revivir los hermosos recuerdos que me traía. En ese momento entendía a la perfección ese poema; esos recuerdos que no volverán y mi corazón sumido en su profundo sueño del que quisiera despertar. Malditas golondrinas, ¿dónde estáis cuando se os necesita? ¿Por qué no vuelven de su largo viaje las que aprendieron nuestros nombres? Los días pasaban y me mordía las uñas con impaciencia, intentando tranquilizar mis nervios que estaban a flor de piel desde hacía varias semanas. Intentaba concentrarme en mis estudios, pero no podía evitar que la vista se desviara hacia la ventana intentando descubrir su silueta tan familiar, esa cola característica y ese pico anaranjado que traía promesas de regreso.

A pesar de que era reacia a cogerlo, volví a leer el poema de Bécquer como si fuera un libro de conjuros y de ese modo pudiera invocar a la primavera. Y entonces la vi, o por lo menos eso creían mis cansados ojos. Contemplé durante unos minutos el cielo que comenzaba a despejarse y los primeros rayos de sol se abrían paso a través de las nubes. Me incorporé lentamente de la cama sin perder de vista el cielo azul. Allí estaban, varios borrones negros que pasaban por delante de mi ventana a gran velocidad describiendo pequeños círculos, zigzagueando de un lado a otro. Me levanté de la cama tan rápido como pude y abrí la ventana de par en par. Los oídos me silbaron cuando llegaron hasta ellos los gorjeos tan familiares. Cerré los ojos dejando que la suave brisa me despeinara el cabello y me llené de aquel hermoso sonido. El corazón comenzó a latirme con fuerza: la primavera había llegado y con ella, las golondrinas.

–Mamá, han regresado, han regresado –grité corriendo hacia la cocina con el pecho inflado por la emoción.

–Ya me he dado cuenta, hija –mi madre se volvió con una amplia sonrisa y pude ver con mayor claridad lo que estaba haciendo. Batía con fuerza una masa blancuzca dentro de un bol con una cuchara de palo. El olor a masa de bizcocho inundó mis fosas nasales. Al fin la hora había llegado.

Me senté a la mesa frente a ella observando sus movimientos con una amplia sonrisa en el rostro, me retorcía las manos, nerviosa y balanceaba las piernas de adelante hacia atrás, incapaz de poder estarme quieta.

–¿Quieres relajarte? –Me dijo mi madre en cierta ocasión cuando vio que las uñas ya habían desaparecido y contemplaba la posibilidad de empezar a morderme los dedos.

–Es que ya han vuelto, ya están aquí –dije ansiosa.

–Lo sé, lo sé; pero esos nervios no van a adelantar nada.

Resoplé abatida. Mi madre tenía razón, pero la alegría invadía mi pecho y no conseguía remitirla.

Entonces el timbre de la puerta sonó dos veces. Miré a mi madre con los ojos abiertos como platos y ella asintió, leyendo mis pensamientos. Corrí hacia la puerta y la abrí de un tirón. Allí estaba él con sus ojos oscuros brillando con fuerza y esa sonrisa que me volvía loca. Lo observé durante unos segundos, deteniéndome en el ya familiar uniforme nacarado de la marina española que tantos quebraderos de cabeza me había traído. Me abalancé sobre él, abrazándolo con fuerza y cubriéndole el rostro de besos. Él dejó caer su macuto para poder rodearme con los brazos.

–Por fin… por fin estás aquí –le susurré al oído. Le sonreí y él me besó con fuerza. Cerré los ojos, dejándome llevar por aquella calidez que invadía mi cuerpo al sentirlo al fin cerca, aspirar su olor tan familiar, sentirme protegida entre sus brazos. Acomodé mi cabeza sobre su hombro, él me alzó sin esfuerzo y tras coger su macuto, entró en casa.

–Como cada primavera, mi pequeña golondrina…

Volverán las oscuras golondrinas…

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