Sobre príncipes y princesas

castillo

Luccott, rey de Rignock, mantenía a su hija encerrada en el castillo, temía que su pueblo descubriera los extraños poderes que poseía y la mandaran a la hoguera por brujería; si era así, perdería gran parte de su poder y no quería eso. Shanya miraba por la ventana hacia los grandes jardines. No recordaba cuándo fue la última vez que corrió entre aquellos arbustos. Miró su mano derecha y en ella se formó una bola del tamaño de una de billar del color del fuego. Su llama alumbró su rostro con sombras extrañas.

La puerta se abrió y escondió la mano tras su espalda, cerrándola con fuerza, lo que hizo que la llama desapareciera como si nunca hubiera existido. Su padre se quedó en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho; su figura imponente resaltaba en la penumbra de la habitación, pobremente iluminada con velas.

–Hija, tenemos que hablar –se acercó con paso lento hacia ella tras cerrar la puerta. Al no recibir respuesta, se sentó al borde de la cama y enterró el rostro entre las manos; parecía abatido. Shanya lo contemplaba con el semblante serio–. El rey Trotem ha venido a visitarme para proponerme algo –Shanya, sin saber por qué, se puso tensa y prestó más atención a sus palabras–. Dentro de tres días cumplirás los dieciséis, edad suficiente para casarte y comenzar a pensar en tu fututo…

–Basta –le interrumpió Shanya en voz baja pero con la suficiente autoridad como para que su padre callara de golpe. Se puso en pie y comenzó a dar vueltas por la habitación–. No puedes pretender entrar aquí, mantenerme encerrada durante años por tus miedos y quererme casar con alguien que ni conozco… –Cerró los puños con fuerza y se detuvo frente a la ventana. La luz de la luna llena le daba un aspecto amenazador.

–Tranquilízate querida… –Susurró su padre poniéndose lentamente de pie, algo atemorizado, con los brazos alzados–. Quiero que lo entiendas, Shanya –comenzó a hablar con voz pausada–, necesitamos ese enlace matrimonial para afianzar nuestra economía y nuestra fuerza militar –Shanya se volvió hacia él con brusquedad; los ojos le llameaban. El rey tragó saliva antes de continuar–. No quisiera tener que obligarte… pero ese enlace es necesario para poder seguir teniendo al pueblo bajo control. Necesito tu ayuda…

–¿Ahora me necesitas? –Clavó sus ojos en los de su padre–. Luccott, no esperes que agache la cabeza y siga tus órdenes sin ningún motivo. Déjame salir de aquí, ver el mundo y entonces podremos hablar de la posibilidad de que me case.

Su padre estalló. No podía permitir que su propia hija le desautorizara. Por mucho que tuviera esos extraños poderes, no podía tolerar aquella insubordinación. Se cuadró frente a ella cuan largo era y la miró directamente a los ojos, intentando no mostrar ni u ápice del miedo que le atenazaba.

–Dentro de tres días será tu cumpleaños –su voz se había vuelto grave y autoritaria–. Entonces te casarás. Es tiempo suficiente para realizar todos los preparativos para la boda. Se celebrará a puertas abiertas, por lo que quiero que mantengas tus poderes a raya.

–¿Y si no es así? –Lo miró desafiante.

–Entonces ni yo podré salvarte de la hoguera. El pueblo querrá tu cabeza por muy princesa que seas –dicho esto, Luccott dio media vuelta y cerró las puertas tras él con fuerza. Una vez fuera, se apoyó ella porque las piernas le temblaban sin control y respiraba a gran velocidad. Siempre había temido enfrentarse a su hija por si perdía el control de sus poderes y acababa haciendo daño a alguien. En aquel momento, mientras repasaba mentalmente las palabras que había pronunciado, se arrepentía de cada una de ellas. Siempre había sido tolerante con su única hija; era cierto que la había mantenido encerrada en aquella habitación casi toda su vida, pero había sido por su propio bien o eso se había dicho siempre, aunque en el fondo lo dudaba. Cerró los ojos un instante para calmarse y después, se dirigió con paso lento hacia su habitación al otro lado de palacio.

Shanya resopló con fuerza, hizo una bola de fuego en su mano y la estrelló contra la pared. Ésta ardió durante unos instantes, pero la llama se extinguió tan rápido como había ardido. Su padre se había asegurado de mantenerla bien alejada de todo. Aquello la llenó más de ira aún, los brazos se cubrieron por intensas llamas rojizas. Y se quedó allí, contemplando la nada, cubierta por intensas llamas con la cabeza llena de oscuros pensamientos.

Shanya caminaba por el largo pasillo de la iglesia cubierta por un velo blanco. Sentía las miradas de los campesinos puestas en ella, sus sonrisas forzadas intentando complacer al rey que había junto a ella con la cabeza alta y con orgullo. A lo lejos vio una silueta esbelta, ataviada con un traje blanco bordado en oro. Su pelo negro brillaba con intensidad bajo la luz que entraba por las cristaleras que se encontraban sobre el altar mayor. A medida que se acercaba a su prometido, sus facciones se iban revelando poco a poco. La nariz recta resaltaba en un rostro anguloso y delgado; sus ojos, entrecerrados, le conferían un aire misterioso. No podía negar que el chico era atractivo, algo con lo que no contaba.

Su padre la dejo frente al altar, al lado de su futuro marido. Shanya lo miró de reojo. Éste se mantenía rígido junto a ella y a penas la miraba; parecía igual de disgustado que ella por aquella decisión. Cuando el cura comenzó a hablar, los allí presentes se sentaron en sus asientos, pendientes del acontecimiento que allí tenía lugar. Era la primera vez en mucho tiempo que verían por fin a la princesa y no sabían cómo sería, cuánto habría cambiado. Todos contuvieron la respiración cuando el cura le dio permiso al chico para levantarle el velo y se miraron con asombro al ver lo hermosa que era con el pelo ondulado y cobrizo recogido en un moño, sus ojos verdes relucían con fuerza, resaltando su piel de nácar.

Shanya contempló con regocijo cómo el príncipe abría los ojos de par en par por la sorpresa al ver su rostro. Lo miró directamente a sus claros ojos azules, un gesto que lo intimidó. Pareció aliviado cuando Shanya se volvió hacia el cura para proseguir con el casamiento; pero al llegar al momento del “sí, quiero”, una media sonrisa se instaló en el rostro de la princesa y, ante la atónita mirada de todos los presentes, su vestido se envolvió en llamas. La gente se levantó de sus asientos, asustados y sorprendidos sin entender muy bien del todo qué estaba ocurriendo. Shanya se volvió hacia el príncipe con una sonrisa de suficiencia, esperando ver en su rostro el miedo; pero en vez de eso, se sorprendió al descubrir que la observaba con detenimiento. Pero no pudo detenerse mucho más tiempo en él; se giró hacia su padre que la miraba con rabia mezclado con miedo, algo que hizo que en su interior se removiera de placer. Alzó los brazos hasta la altura de su pecho y lanzó dos bolas ardientes contra las paredes de piedra maciza de la iglesia. Las pinturas y retablos que cubrían las paredes. Los campesinos comenzaron a correr despavoridos de un lado a otro, gritando, intentando entender qué estaba pasando. Shanya comenzó a andar entre los bancos, envuelta en una columna de llamas, destruyendo todo lo que se encontraba a su paso.

–Shanya –escuchó a su padre gritar tras ella. Ésta se volvió desde el gran portón de la iglesia y le dedicó una media sonrisa antes de desaparecer en la oscuridad de la noche donde todo era caos.

Observó la gran columna de humo que salía por los ventanales de la iglesia. Sonrió para sí y se alejó de aquel lugar con paso decidido, aún envuelta en llamas.

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