Más allá de la verdad

mazmorra

Al Padre Rodrigo se le encogió el corazón al ver a una chica joven, vestida con un simple vestido blanco que apenas le cubría debido a lo gastado y roído que estaba; sus muñecas colgaban laxas de unos grilletes que sobresalían de la mugrienta pared. Su cuerpo estaba cubierto de sangre reseca; pero a pesar de eso, cuando la chica alzó el rostro hacia el Padre, vio en su mirada determinación, no miedo. Aquello le sorprendió. Había sido torturada y golpeada hasta la saciedad y, aun así, tenía fuerza suficiente para alzar la cabeza con valentía.

–Puede retirarse, soldado –el Padre se volvió hacia el hombre con una sonrisa forzada; éste lo miró con los ojos entornados, reacio a moverse–. No se preocupe, si ocurre algo le avisaré –el soldado asintió levemente y se alejó de allí tras cerrar la puerta de la celda.

El Padre Rodrigo se volvió hacia la chica con los dedos entrelazados y miró a su alrededor buscando algo donde sentarse; al no encontrar nada, se dirigió hacia la reja y llamó al soldado para pedir algo. A los pocos minutos, éste apareció con un pequeño taburete de madera desgasta que no parecía muy estable. El soldado abrió de nuevo la puerta y, tras entregárselo, se alejó de allí cerrando tras él. Rodrigo colocó el taburete cerca de la chica, pero guardando las distancias, aún no sabía si podía fiarse de ella. La chica no le había quitado ojo desde que entró en la celda y ahora que lo tenía frente a ella, su mirada penetraba en lo más hondo de su ser, haciendo que se estremeciera.

–Hola María, soy el Padre Rodrigo –comenzó a hablar el cura, intentando ganarse su confianza–. Me ha enviado el rey para que confieses tus pecados y así entrar en el paraíso y reunirte con Dios nuestro creador.

–No creo en Dios –contestó la chica con tono cortante. Aquellas palabras dejaron helado al Padre.

–Eso a él no le importa, siempre tiene hueco para todo aquel que lo necesite.

–Padre –su voz era segura–, sé a lo que ha venido, pero no va a cambiar nada. Moriré como estaba planeado y ese será mi fin. Una confesión no cambiará las cosas –le miró directamente a los ojos–. No voy a negar que lo que hice estuvo mal, pero lo hice para sobrevivir. Si creen que es obra de una bruja, no seré yo quien les haga cambiar de opinión –la chica alzó la barbilla, orgullosa.

–No deberías pensar de eso modo. Si hablas conmigo y admites tus errores, puede que consiga una absolución o, por lo menos, que tengas una muerte menos dolorosa.

–¿Y si no quiero que me salve, Padre?

–¿Cómo puede ser eso posible, hija? ¿Acaso no temes morir?

–Cuando comencé con esta…aventura, sabía a lo que me enfrentaba si me descubrían. No pensé que mi engaño llegaría tan lejos, pero ahora que todo se sabe, asumo mi destino sin remordimientos –sus palabras eran sinceras a la par que duras.

–Pero… –el Padre titubeó un instante. Al mirarle a los ojos pudo ver que nada ni nadie iba a hacer que cambiara de opinión. Aun así, le intrigaba la historia de aquella chica, quería saber más sobre ella; pero para eso, necesitaba que confiera en él–. Me gustaría conocer el porqué de tus pecados, qué te impulsó a ellos. Quisiera conocer tu historia.

–¿Y exactamente para qué? Todo lo que hice lo achacan a la brujería porque no lo entienden, no entienden que una mujer pueda haber llegado tan lejos sólo con su inteligencia; para ello necesitan relacionarlo con algo sobrenatural –Rodrigo se estremeció ante aquellas palabras–. Si quiere saber mi historia tendrá que abrir su mente y no juzgarme sin conocerla por completo.

–Aunque me cueste… –El Padre reflexionó durante un momento y después asintió levemente–. Te escucharé y procuraré no sacar conclusiones hasta que hayas finalizado.

–Bien, eso es lo que quería oír –una media sonrisa se dibujó en su hinchada cara llena de moratones–. Para entenderlo, hay que empezar por el principio –el Padre cogió aire, expectante por la historia que se avecinaba; tenía el presentimiento que no le iba a dejar indiferente.

>>Era la pequeña de cuatro hermanas. Al no tener hijos varones, mi padre decidió criarnos como si lo fuéramos y le ayudábamos en todas las tareas del campo. Esto hizo que mis músculos y mi cuerpo se hicieran mucho más resistentes.

–¿Qué tiene que ver eso con la historia principal? –Interrumpió el Padre, mirándola con el ceño fruncido.

–Más adelante lo entenderá. Todo a su debido tiempo –María lo fulminó con la mirada, molesta por la interrupción–. ¿Puedo continuar? –El Padre Rodrigo asintió, intimidado.

>>Fui criada como un niño y tal vez por eso hice lo que hice. Trabajábamos en las tierras del rey, algo que en principio no nos importaba mucho ya que vivíamos bien y sin más preocupaciones que las tierras; pero todo se torció cuando el príncipe Alberto decidió entrar en acción –su mirada se volvió turbia–. Todo comenzó ese día fatídico, el príncipe decidió aparecer junto al río, justo en el momento en que estaba recogiendo agua. Venía cabalgando con dos de sus guardias, haciendo alarde de su posición.

–Mira, mira, lo que tenemos aquí –me dijo con mirada lasciva, mientras se bajaba del caballo y se volvía hacia sus guardaespaldas–. ¿Qué haces aquí tan sola?

–Buenos días, príncipe –le contesté, ocultando el desprecio en mi voz–. Estaba recogiendo agua para lavar la ropa –hablé con indiferencia, intentando no mirarle.

–¿Y no querrías divertirte un rato, en vez de tanto trabajar? –Se fue acercando lentamente hacia mí mientras se quitaba los guantes de cuero y se los sujetaba al cinto.

–Lo siento, señor, pero tengo muchas cosas que hacer –era mentira, pero no quería estar al lado de aquel hombre–. Tal vez otro día –hice ademán de alejarme, pero el príncipe me agarró con brusquedad del brazo y me hizo girar hacia él. Lo miré directamente a los ojos, algo que pareció sorprenderle gratamente.

–Siento estar en desacuerdo, te vas a quedar aquí conmigo –su voz sonó viperina–. Soy el príncipe y harás lo que te ordene –pegó mi cuerpo contra el suyo con brusquedad, haciendo que el cántaro donde llevaba el agua se me cayera al suelo, derramándola sobre la verde hierba. Lo miré con el ceño fruncido intentando averiguar sus intenciones y pude ver tras su sonrisa forzada cuales eran. Aquello me asustó, pero no iba a permitir que el príncipe lo notara. Alcé la cabeza hacía él y le empujé con todas mis fuerzas, algo inútil.

–Mirad a esta gata salvaje, cree que tiene alguna oportunidad contra mí –rio mientras se volvía hacia sus acompañantes que le corearon. Me giré hacia ellos con la mirada cargada de odio, pero aquello sólo hizo que rieran con más ganas–. Dejadnos solos –dijo el príncipe volviéndose hacia mí.

–Pero…alteza… –Uno de los soldados habló con cautela; la sonrisa se había borrado de su rostro, dejando paso a la incertidumbre–, vuestro padre, nos dijo que permaneciéramos a su lado por si….

–Tranquilos –le cortó el príncipe con burla–, esta gatita no me hará nada –me miró directamente a los ojos. Yo no estaba tan segura, si se le ocurría tocarme, no sería consecuente de mis actos y haría lo que fuera posible por detener su lujuria–. ¿Verdad, preciosa? –Alzó una mano para acariciarme la mejilla, pero retiré el rostro a gran velocidad, lo que pareció molestarle considerablemente–. Marchaos –repitió a sus guardias, esta vez con voz grave.

Los soldados se miraron y, tras un momento de vacilación, dieron media vuelta, cogieron las riendas de los caballos y se alejaron de allí. El príncipe Alberto me agarró con fuerza de las muñecas con una mano y con la otra me empezó a quitarme la blusa. Presa del pánico, lo empujé con fuerza, intentando alejarme de él todo lo que pudiera, pero estaba tan sujeto a mí, que caímos al suelo. Con apremio, me arrancó la blusa. Eso sólo hizo que me pusiera más furiosa, alcé un puño y le golpeé la cara con fuerza. Por un momento, en su rostro se dibujó la sorpresa que pronto fue dejando paso a la ira. Me abofeteó, haciendo que mi mejilla ardiera, pero no derramé ni una sola lágrima. Me intenté debatir, pero el príncipe, harto de mi insubordinación, me agarró el cuello, apretando hasta hacerme daño. Intenté gritar, pero el aire no conseguía salir de mis pulmones. Presa del pánico, tanteé el suelo, buscando algo con lo que defenderme y, por suerte o por desgracia, me topé con el cántaro de barro. Mientras intentaba subirme la falta hasta la cintura, combatiendo con mis patadas, yo aferré con fuerza el asa del cántaro y lo alcé sobre mi cabeza. Se hizo añicos al chocar contra la cabeza del príncipe que se desplomó sobre mí y la presión sobre mi cuello desapareció, permitiéndome coger una gran bocanada de aire. Eché el cuerpo inerte a un lado y contemplé con una mezcla de horro y orgullo, el rostro ensangrentado del príncipe. Me agaché junto a él y pegué mi oreja a su boca, pero por ella no salía ni un ápice de aire. Aquello me asustó, si descubrían lo que había hecho me matarían a mí y a toda mi familia como castigo. No podía permitir eso. Me levanté, mirando a mi alrededor aterrorizada y tras comprobar que nadie había visto lo ocurrido, mi mente comenzó a maquinar una descabellada idea. Me arrodillé de nuevo junto a él y cogí un mechón de mi pelo comprobando, no sin alegría, que era de un color muy similar al del príncipe, quizá el mío fuera un poco más claro, pero apenas se notaría. Sin pensarlo dos veces, desenvainé la espada del cinto y comencé a cortarme el pelo, intentando que quedara tan parecido al del príncipe Alberto como pudiera; le quité la ropa en sangrentada y me la puse tras desvestirme. Parecía que aquello estaba escrito pues me venía como un guante. Con esfuerzo, tiré de su cuerpo inerte y lo arrastré hasta la orilla del río. Me detuve un momento contemplando nuestros rostros reflejados en la superficie cristalina del agua. Tal vez mi cuello fuera más delgado que el suyo y mis ojos más profundos, pero por el resto, éramos prácticamente iguales. El gusanillo de la traición me reconcomía por dentro, pero se mezclaba con el del orgullo por hacer aquella fechoría. Si todo salía bien, puede que llegara a ser rey algún día. Sacudí la cabeza, ¿qué hacía pensando en aquellas cosas? Primero tendría que intentar salir de aquel lío con éxito y, a partir de ahí, ver si todo salía bien. Arrojé el cuerpo del príncipe al río y contemplé con indiferencia cómo se alejaba arrastrado por la corriente. Cogí aire, envainé la espada y me dirigí hacia el lugar por el que había visto desaparecer a los guardias.

–¿Ya ha terminado, alteza? –Uno de los soldados se giró hacia mí, pero una sombra cruzó su rostro al verme. El corazón se me aceleró. ¿Y si me había descubierto? ¿Qué iba a hacer entonces? Inconscientemente, agarré con fuerza la empuñadura de la espada. Si me habían descubierto lucharía con uñas y dientes–. ¿Es eso sangre…? –Se acercó con cuidado hacia mí, señalando el cuello de mi camisa.

Miré rápidamente hacia donde señalaba e intenté quitarla, pero ya estaba reseca. Piensa, piensa…

–La chica se resistió –dije con voz grave, mirándolo directamente a los ojos, lo que, para mi satisfacción, pareció intimidarle–. No me gusta que opongan resistencia y sin querer he acabado con su vida –los dos soldados me miraron con los ojos abiertos, yo me limité a encogerme de hombros–. Nadie la va a echar de menos. Su cuerpo está ahora flotando por el río. Además, estoy seguro que esto no saldrá de aquí –los miré de uno en uno, intimidándoles con la mirada. Aquel gesto les bastó para asentir sin rechistar. Me sentía poderosa, como nunca antes–. Bien, entonces volvamos a palacio –mientras me dirigía hacia ellos, me fui colocando los guantes de cuero. Uno de los soldados me entregó un hermoso caballo negro. Nunca antes había montado en uno, pero luché porque no se me notara. Coloqué el pie en el estribo con decisión y me impulsé hasta sentarme en la silla. El soldado me entregó las riendas y, tras subirse en su montura, nos alejamos de allí. A cada trote, una nube grisácea iba tapando en mi mente lo que había ocurrido. Ahora era el príncipe Alberto.

–Ya han pasado tres años desde entonces –el Padre Rodrigo soltó todo el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta–. Sí, le he estado sustituyendo todo este tiempo, pero no ha sido cosa de brujería, como puede ver, Padre; sólo fue un mal golpe –una media sonrisa apareció en su rostro–. Si debo morir por ese crimen, moriré porque no voy a negar lo que hice. Sé que estuvo mal, pero no me arrepiento de nada –el Padre Rodrigo se estremeció al escuchar aquellas palabras.

–Entiendo tu historia, hija mía, y el por qué lo hiciste –suspiró el Padre Rodrigo, la historia de María lo había conmovido–. El príncipe Alberto no era famoso por su carácter amable y casto –una media sonrisa triste apareció en su rostro–; pero eso no justifica lo que has hecho… Has asesinado a un miembro de la realeza y has usurpado su identidad. Son dos delitos muy graves.

–Estoy dispuesta a recibir el castigo que se me imponga.

El Padre Rodrigo suspiró mientras se ponía en pie y cogía el taburete.

–Que así sea, hija mía –dio media vuelta y llamó al carcelero para que le abriera la puerta.

–Padre… –Habló María antes de que se alejara. El cura se volvió hacia ella–, gracias por escucharme. Nadie lo ha hecho hasta ahora.

El Padre le miró por última vez a los ojos, asintió levemente y se alejó de allí. No sabía por qué, pero tras escuchar su historia, algo en su interior se había removido. Sabía que lo que había hecho estaba mal, pero, por tal vez por su mirada determinante o su ausencia de miedo, no creía que mereciera morir. Mientras subía los peldaños enmohecidos de los calabozos, su mente vagaba intentando buscar alguna manera de ayudarla.

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